López Obrador enarboló la terminación de los privilegios, el combate a la corrupción, la reducción de sueldos y el número de la burocracia, y la revisión de la construcción del nuevo aeropuerto.
Ahora, que ha empezado a concretar sus promesas sus adversarios y muchos intelectuales y analistas políticos proclaman que sus acciones son erróneas e incitan a que apostemos al fracaso de las nuevas políticas.
La tendencia a descalificar es un mal endémico y pernicioso que nuestro país padece. Eso polariza a la sociedad porque en todo se forman bandos con posiciones antagónicas, sin voluntad de encontrar soluciones intermedias.
Así sucede con la saturación del aeropuerto de la CDMX. El presidente electo y su equipo proponen habilitar el de Santa Lucía para tener dos aeropuertos. En contra están las opiniones de expertos y, naturalmente, de los interesados en la obra. Se decidirá mediante una consulta popular vinculante. Pero si bien es cierto que las democracias aspiran a tener una sociedad abierta, también es verdad que ese problema demanda soluciones científicas que no excluyen la participación ciudadana.
Lo mismo sucede con la reducción de los sueldos y el número de la burocracia federal, cuya ley ya fue aprobada, pero que debe ser revisada por las afectaciones a los derechos humanos y las implicaciones en los servicios públicos.
Estoy convencido que son indiferibles las propuestas de López Obrador; pero también estoy seguro que todos ganaríamos si se buscan soluciones racionales a los problemas y dejamos de apostar por el fracaso.
Radnitzky, en el Simposio Sobre Karl Popper, dijo: “En cuanto reconocemos que en el terreno político es posible la solución racional de los problemas, desaparece el dilema. El modelo de solución racional es el mismo en todos los terrenos: la combinación de creatividad y crítica”.