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Miércoles , 17.10.2018 / 01:27 Hoy

Columna de Raúl Vargas López

Oscar Aguirre Jáuregui

Raúl Vargas López

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Alguien debió decirles a los de Mexticacan que por el rumbo de El Retiro había peleterías y no paleterías.


Con esta broma interpelábamos continuamente a los amigos oriundos de aquel pueblo de Los Altos de Jalisco (famoso por sus paletas de hielo) que llegaron a vivir a este céntrico barrio de Guadalajara.

Todos alumnos de la primaria Basilio Vadillo:

los Jáuregui Plascencia, los Mendoza Cornejo, los Aguirre Jáuregui, los Íñiguez... De entre todos ellos, hoy quiero traer a la memoria a mi maestro, Oscar Aguirre Jáuregui, quien lamentablemente falleció hace unos pocos días.

"Uno vuelve siempre, a los viejos sitios, donde amó la vida", sentencia y nos recuerda el poeta Armando Tejada. Y para mi maestro, las cosas fueron de ese modo. Avecindado de El Retiro solía visitar todos aquellos lugares que por el rumbo ofrecían alguna novedad, algún solaz o un mero pretexto para pasar un rato placentero con los amigos.

Pasados los años, siempre hubo ocasión de coincidir en nuestras reiteradas visitas a la Basilio Vadillo o a la cantina La Iberia (allá por el rumbo de Alameda número 9). Y no creo equivocarme si afirmo que parte de la vocación médica de él (y por supuesto la propia) provino de esa cercanía geográfica que el Hospital Civil tuvo, y tiene, con el barrio de su infancia y de la mía.

Llegado el momento decidió estudiar medicina y se especializó en cirugía pediátrica.

Fue una persona entrañable y un médico ejemplar. Dominaba como nadie esa parte vital de la medicina que es la comunicación con el paciente, para indagar sobre la naturaleza de la enfermedad. Comunicación que en el caso del pediatra lleva una alta dosis de paciencia y ternura porque los pacientes son niños aquejados por algún padecimiento (junto a unos padres preocupados) en busca de ayuda para recuperar lo perdido, la salud.

Él reunía de forma armoniosa esta parte muy humana de la profesión, y de su carácter, con una excelente destreza técnica como cirujano.

En incontables ocasiones hizo frente a casos complicados, de esos en los que no hay margen para la duda porque si se pierde tiempo y no se interviene de inmediato, se pone en riesgo la vida del infante. Como sentencia la máxima hipocrática: "en medicina, la ocasión es un instante".

Desde malformaciones intestinales hasta problemas de vías biliares en recién nacidos, intervino con éxito decenas, sino es que cientos, de casos demandantes y delicados.

Su dedicación, erudición y sensibilidad, lo hicieron toda una institución y como tal, abrazó con especial afecto la docencia para entrenar a los jóvenes que iniciaban su carrera como cirujanos pediátricos.

A sus alumnos les enseñaba no sólo la técnica sino la actitud necesaria para ser buenos cirujanos en pediatría, y les insistía en que la satisfacción en el servicio prestado lo es todo. La satisfacción de un paciente enfermo que recupera su salud y la satisfacción de un médico que atiende y pone al servicio de ese paciente su conocimiento y sus habilidades para ayudarlo a sanar.

Para mi maestro era claro que en el marco del sistema público de salud, el encuentro de estas dos satisfacciones, la del paciente y la del médico, era imposible sin la infraestructura, los recursos y las condiciones materiales adecuadas. Por ello, siempre procuró y exigió que las instituciones cumplieran con la parte que les correspondía y formó a sus estudiantes bajo la premisa de mantener coherencia y firmeza para ofrecer lo mejor de sí y exigir en contrapartida lo mismo de la parte institucional.

Por supuesto era un ávido lector. Sabía que a la mente y al espíritu hay que alimentarlos de prosa y poesía para que nunca pierdan su capacidad de asombro, su condición de eterno primerizo emocionado, para que nada de lo humano les resulte ajeno. Cultivaba e inculcaba la lectura como un espacio donde conocimiento y técnica se atemperan con la sensibilidad y a partir de ella se hace posible y genuina la entrega que el médico necesita para ponerse al servicio de los otros. Algo en lo que él siempre fue magnánimo y eximio y le ganó muchas amistades y afectos.

Y justamente, siguiendo su perenne consejo de siempre leer y leer, me encontré con un texto de Gustavo Martín Garzo (escritor español) publicado en un diario ibérico de circulación internacional, que rendía homenaje al Quijote en el cuatrocientos aniversario de la publicación de la segunda de sus partes; un fragmento de ese texto tiene un mensaje y significado que aplica a la vida de todas las personas, pero en especial a la del maestro Aguirre Jáuregui, dice así:

"En la mística iraní se piensa que el nacimiento de cada hombre está presidido por un ángel llamado Daena, que tiene la forma de una niña bellísima. El rostro de ese ángel no permanece inalterable a lo largo de la vida sino que se va transformando imperceptiblemente con cada uno de nuestros gestos, palabras o pensamientos. Al final de la vida, cuando nos encontramos por fin con él, se ha transformado en un ser bellísimo o en una criatura monstruosa según han sido nuestros actos".

Querido Oscar, además de mi maestro fuiste mi amigo, y creo con sinceridad que el ángel al que hace referencia este breve fragmento es la memoria y el cariño de aquellas personas que a lo largo de la vida tocas, ayudas y quieres. Yo me siento muy afortunado de haber sido una de esas personas que cruzaron por tu vida y gozaron de tu sabiduría, estima y apoyo. Por ello, el rostro que la coincidencia y la amistad han moldeado de ti en mi memoria es uno generoso, alegre y ejemplar.

Buen viaje que con nosotros queda el recuerdo de un médico extraordinario y de un ser humano excepcional.

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