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Viernes , 22.06.2018 / 07:19 Hoy

Umbral

Hubo una vez en España

Ramón Macías Mora

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Hubo una vez en España, una guerra atroz. Como si las demás guerras no lo fuesen, aunque, esa guerra civil española, era una guerra entre hermanos. Rojos y azules falangistas.

La República fue derrotada y el resultado de aquella victoria fascista, fue el exterminio de cientos, por no decir de miles de prisioneros en las cárceles franquistas. Otros corrieron con mejor suerte y fueron parte del éxodo de miles de españoles, algunos, de los cuales fueron acogidos por Lázaro Cárdenas del Río. En México.

Me ha enganchado esa historia cruel, en la que participaron esos españoles de mediados del siglo XX.

Uno de éstos, vivió en Guadalajara, cada que paso, a paso de paseo sobre el tranquilo parquecito, que en honor de Andalucía permanece en la avenida Chapultepec, volteo y miro de reojo el busto en bronce de uno de los insignes poetas del exilio, el salmantino Pedro Garfias. De otros sé por sus libros de memorias, como el que escribió el padre de María Rosa y las memorias del padre de María España. Ambas Marías.

Mi relación con España ha sido una relación en la que va de por medio una extraña sensación de seducción por una parte, y de rechazo por la otra.

Mi encuentro con España, ha sido de dulces fragancias, de coplas entonadas, de amoríos inexistentes y pampas fugaces. Un romance distante.

Nada de vergel, de no ser Andalucía, los olivos y los campos vastos, las arcadas romanas y las plazas pletóricas de gente buena, marcada por el flagelo de las historias familiares. De esa cruenta guerra.

Aun así, lloro, me lamento y a veces, también río con la sonrisa del que pretende ser pleno, y, se siente inexplicablemente en ese exilio que no le pertenece, pero que añora la patria que no es suya, patria prestada que le irrita y le atormenta.

Ahí soy un extranjero más, sin ceceos, sin nostalgias, sin ataduras.

Las veces son mixturas, los veranos soleados y los inviernos sofisticados, pero el aroma siempre el mismo.

El romanticismo se ha marchado y hoy en día la lejana España, es tan añeja como la bis abuela Praxedes, a quien llamaban praxeditas, y el bis abuelo Pablo a quien no conocí más que en la amarillenta fotografía en donde se le mira su rostro adusto, impregnado de largas barbas rubias y espejuelos que antes se llamaban antiparras. Yo sin culpa alguna, usé de pequeño campesinas alpargatas, atadas con cordones azules o rojos, que paradoja,[igual que los bandos de la guerra civil], como la tela con que las fabricaban los viejos gallegos mexicanos. La abuela sin saberlo, las usaba porque sus padres las compraban.

Soy entonces un mestizo tardío. Llevo en mi sangre, la soberbia de lo hispano y la indolencia de lo mexicano. El dolor de la distancia y el fervor de lo cercano.

Acumulo a lo largo de las décadas, no saber a ciencia cierta que se es, o, que se ha sido. Es mejor añorar ser nada y conseguirlo, así, no hay frustración, sólo certeza.

Al no envidiar, exhumo al inhóspito gachupín que llevo dentro y lo absuelvo, sepulto al mestizo de piel berenjena y le indulto exaltando a cada momento su linaje.

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