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Sonido local

El campeón muerde el polvo

Rafael Pérez Gay

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El tren alemán llegó al Luzhniki Stadium de Moscú con la poderosa artillería que lo convierte en uno de los favoritos para ganar el torneo mundialista de Rusia 2018: en el arco, uno de los mejores porteros del mundo, Neuer; Hummels, Plattenhardt, Boateng y Kimich, una defensa de cemento armado; Kroos y Khedira, una media dura como el coyol; Özil, Draxler, Müller, la creatividad y la ejecución frente al arco enemigo y en punta Werner, un aguijón envenenado. Antes del juego, a la selección mexicana le quedaban los amuletos de la fe y la esperanza, a persignarse y a esperar un milagro.

En cambio, el equipo nacional llegó a Rusia perseguido por el fantasma de la incredulidad y la suspicacia: un grupo de jugadores de fuerza y talento, pero sin equipo y sin entrenador. Juan Carlos Osorio ensayó más de 50 alineaciones a lo largo de las eliminatorias y los juegos amistosos. Los jugadores nacionales no se reconocían en el campo de juego. La neblina de las rotaciones de Osorio envolvía al equipo que además perdió 2-0 contra Dinamarca una semana antes de que iniciara el torneo. La alineación mexicana se conoció hasta el día del juego: Ochoa en el arco; en la defensa, Salcedo, Ayala, Moreno y Gallardo; medios, Herrera, Guardado; volantes, Layún, Vela, Lozano; en punta, Hernández.

Entonces ocurrió lo inaudito. Seducidos por las musas del campo de juego, Herrera y Vela armaron al equipo y repartieron candela a Hirving Lozano y al Chícharo Hernández. En el minuto 30 del primer tiempo todo parecía una alucinación colectiva: los alemanes desconcertados y dominados por los mexicanos. Guardado cumplía su trabajo de gozne y abajo la defensa era un teodolito. Un sueño realizado.

Ocurrió así: regreso a las triangulaciones, a la presión en la salida alemana, al pase largo si lo requieren los espacios abiertos. En el minuto 35, Guardado trazó en profundidad una línea de fuego a los pies del Chícharo, éste recibió y mantuvo la ventaja y el balón en su poder. Hernández sintió y vio a Hirving Lozano y se la puso adelantada en el área alemana. Lozano recortó y dejó fuera a Özil y metió un riflazo que venció a Neuer. Todo el edificio de la ideología alemana se cayó a pedazos. Había empezado el curso de milagros de Juan Carlos Osorio.

Durante el segundo tiempo, la media cancha de ambos equipos desapareció y el partido fue un ir y venir en jugadas de peligro de las dos áreas. Llevo años de ver futbol y he aprendido una cosa: ganarle a Alemania uno a cero es como ir empatados; ir empatados es como ir perdiendo: ir perdiendo con Alemania puede ser el anuncio de una catástrofe.

Quizá soy un conservador, un Lucas Alamán del futbol, pero los cambios que hizo Osorio me pusieron a temblar: si quitas del campo de juego a Vela y a Hirving Lozano, ¿quién atacará? El Chícharo deambuló solitario allá arriba. Edson Álvarez, Raúl Jiménez y Rafa Márquez pisaron el pasto de Luzhniki. Los dioses no los abandonaron. Soportaron el sitio alemán y no rindieron la plaza. Estaba escrito en la palma de la mano de Osorio: un día podrás dirigir un juego perfecto.

El día en que México le hizo morder el polvo al campeón del mundo, Costa Rica perdió con Serbia y Brasil empató en Suiza, todo parecía ser una ensoñación, pero luego supe que la vida es sueño. México arrebata 3 puntos, oro molido a la hora de la clasificación. Gran triunfo, 1 a 0, suficiente, para soñar.

rafael.perezgay@milenio.com

Twitter: @RPerezGay

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