• Regístrate
Estás leyendo: Leñero
Comparte esta noticia
Lunes , 20.08.2018 / 08:55 Hoy

Prácticas Indecibles

Leñero

Rafael Pérez Gay

Publicidad
Publicidad

Ya no quiero conocer más escritores, con los que conozco basta y sobra para todo lo bueno y todo lo malo de la vida literaria. Se entiende, conocerlos en persona. La última vez que quise conocer a un nuevo escritor, me llevé tremendo chasco. Estábamos en un encuentro de escritores en Oaxaca y le pedí a Juan Villoro que me presentara a Juan José Millás, un escritor cuyos libros aprecio. Juan nos acercó. Así conocí a un bodriazo inmenso, un bofe podrido, como decía mi mamá. Supongo que él habrá pensado lo mismo de mí, nada más recíproco que la antipatía. Listo, pensé, no quiero conocer más escritores en mi vida, con los que conozco tengo la baraja completa.

Admito que mi baraja quedó incompleta por un naipe, un as, pues no conocí a Vicente Leñero y me hubiera gustado conocerlo. En cambio, leí sus libros uno tras otro, los primeros, los cuentos de La polvareda y las novelas Los albañiles y Estudio Q, porque los dejó en casa mi hermano cuando se fue a Alemania y ahí quedaron varios años hasta que tuve edad para leerlos.

Leñero contó hace unos meses apenas que conoció bien a mi hermano. Hizo un perfil amable y crítico, irónico y con doble filo en la sección que escribió en la Revista de la UNAM hasta poco antes de morir: Lo que sea de cada quien. Resulta que un día Pepe, mi hermano, le pidió prestado a Leñero cincuenta pesos. Leñero se los prestó y mi hermano nunca se los pagó. En la casa a esto se le llamaba dar un sablazo, mi padre llegó a hacer del sable una de las bellas artes: le llamaba préstamo puente. Échame un capote, no tengo en qué caerme muerto. A donde vaya, creo que Leñero tendrá oportunidad de cobrarle a mi hermano el préstamo puente.

Seguí leyendo los libros de Leñero, sobre todo sus novelas Redil de ovejas y El garabato. Aún conservo las viejas ediciones de la serie El Volador de Joaquín Mortiz. No me acerqué al teatro pues soy un lector desesperado y desesperante de ese género, lo confieso no sin cierta pena, pero leí Pueblo rechazado y Compañero sin idea, sin entusiasmo, perdido.

A finales de los años setenta encontré entonces a un escritor admirable, el autor de Los periodistas. Parecerá una obviedad pero el descubrimiento me hechizó. De modo que se podía escribir una novela sin una hazaña de la imaginación, se podía escribir una novela sin ficción. El relato del golpe de Luis Echeverría al periódico Excélsior, el retrato de una generación de periodistas, las complejas relaciones de la prensa con el poder, en fin, todo esto con diálogos de novela, episodios de novela, todo esto en una novela.

Mucho tiempo después supe que el periodismo es una corriente caudalosa que lo permite todo y cuyo único límite es el talento y, por paradójico que suene, la imaginación. Desde entonces, yo digo que en mi historia no existe el falso dilema entre periodismo y literatura. En parte, esto lo aprendí leyendo a Leñero.

Años más tarde leí La gota de agua y Asesinato: el doble crimen de los Flores Muñoz. No creo exagerar si digo que se trata de dos novelas escritas como lo hicieron en otros ámbitos Gay Talese y Norman Mailer. Algo similar me ocurrió con las crónicas de Ricardo Garibay. Leñero, por cierto, escribió un muy buen texto como entrada a las obras completas de Garibay. No escribo prólogo porque se trata, más bien, de un retrato, una estampa de época, los trazos para la reconstrucción de un personaje. En ese género anfibio, Leñero era imbatible.

Se me pasó en las narices un libro: La vida que se va, publicado en 1999 y reeditado hace uno o dos años. Una vieja le cuenta su vida a un reportero. Así de fácil, así de difícil. Fantasías, sueños, ilusiones a través de la composición de una red de muchas historias unidas entre sí. Pero si alguna vez estuve convencido de que Leñero era un gran escritor fue leyendo Gente así: 17 historias reales o ficticias, de una mano experta, en un estilo directo y profundo, con caracterizaciones de una fuerza indómita. Me seguí con Más gente así. Un memorialista que restaura personajes, épocas, lugares, familia, amigos y enemigos. Lo mismo me pasó con Vivir del teatro. Entonces concluí que en esa mano autobiográfica estaban los mayores poderes de Vicente Leñero.

No tengo mucho que decir de Leñero en la redacción de Proceso pues como he dicho no lo conocí. Tampoco podría opinar sobre su compromiso con la verdad y su defensa de la libertad de expresión. Cuando aparecen la verdad y las defensas y las luchas, si se trata de periodismo y literatura, me duele un poco la cabeza. Me parece, además, que por más empeños que gaste Leñero, mi hermano no le pagará los cincuenta pesos que le debe. Ya dije que en la familia somos maestros en sablazos.

rafael.perezgay@milenio.com

http://twitter.com/RPerezGay

Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.