Es cierto que bastan dos tipos, alcoholizados, drogados o no para que arme toda una trifulca. En el ambiente del futbol, que convoca a miles de personas en torno a un escenario, esa trifulca se puede transformar en toda una batalla campal.
Este tipo de violencia es muy difícil de inhibir o desterrar con las sanciones ridículas que el sistema de justicia tiene destinada a ella. Quienes le de dan forma casi de manera cotidiana lo hacen porque saben que no les terminará pasando gran cosa. Un castigo casi de carácter administrativo, del tipo de una multa. Y no es que esté planteando que quien se da de golpes e insulta en un campo de futbol tenga que ir a las Islas Marías a cumplir una larga condena… No, pero tampoco que el hecho derive en impunidad vil y pura.
El futbol profesional mexicano, los cuerpos de gobierno que autorizan y regulan su actividad, deberían de estar preparados para que a esos aficionados violentos les resulte imposible volver a acudir a un campo de futbol durante un buen tiempo y si reinciden, para ser alejados de por vida.
Pero no. Da la impresión de que quien se dedica a golpear o a intimidad no sólo no recibe el castigo adecuado sino que se instala en un camino virtuoso que lo convierte en un ser reconocido y temido en el ambiente.
La golpiza que se dieron seguidores del Puebla y de los Lobos BUAP al tiempo que terminaba su duelo en el estadio Cuauhtémoc, demuestra que la Liga Mx está lejos, pero muy lejos de decretar el cero incidentes de violencia. Y esto que hace apenas unos días el medio se vio sacudido por la golpiza que algunos seguidores de los Rayados le propinaron a uno de los Tigres previo al clásico de la capital de Nuevo León.
Al grueso de la gente que sigue acudiendo a un estadio no le queda nada claro el mensaje de que la violencia es intolerable… Seguramente porque nadie de los que debe y puede dice eso.
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