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Miércoles , 17.10.2018 / 09:14 Hoy

Hormigas

Sobre el poeta mexiquense Enrique Villada

Porfirio Hernández

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Han pasado quizás 25 años desde que conocí a Enrique Villada (1964). Entonces, un grupo de estudiantes hacíamos en el Estado de México un suplemento cultural semanal para el diario local El Rumbo, denominado "Mapa de Piratas", que tuvo singular fortuna: en su primera época, se truncó en el número 36, porque el Consejo Directivo cerró el periódico -aún recuerdo la cara de decepción de Luis Alberto Rodríguez, director del diario, al anunciarnos, con embriagada sorna, el súbito cierre del rotativo- y una segunda época, en El Sol de Toluca, que duró apenas 33 números -murió con la edad de Cristo-, hasta que un día el flamante director, don Rafael Vilchis, se levantó de su silla y estiró su brazo para indicarme la salida. (Claro, de eso ya he hablado con don Rafa, y ambos lo recordamos con crítica distancia...)

Bueno, eso pasó. Pero lo importante fue que conocí a muchos que hoy son mis amigos, en esa rara combinación de afecto que mezcla el silencio, la distancia y el desinterés con la alegría, la identificación y la ironía para ver el mundo. Ahí estábamos Alberto Chimal, Arturo Cáceres, José Luis Vera, Silvia Palma, Gabriela Villicaña, Elisenda Domínguez, Juan Ramón Mercado, Antonio Cajero, Celene García Ávila, y muchos más que periféricamente nos apoyaban con sus ideas, sus textos, como Enrique Villada.

Su esencial característica era su silencio. Y veo con admiración que sigue siendo un hombre callado. Sé que ha encontrado en el camino a mucha gente que lo guía, como entonces lo guiaban sus poetas. Álvaro Mutis, uno de los más cercanos. Hoy puedo decir que es un hombre de letras, entregado a la literatura como a la vida misma.

Yo leí su primer libro, Estuario luminoso, publicado en 1985, con asombrado gesto. Supuse, y hoy confirmo que no me equivoqué, que estaba frente a un verdadero poeta. Entonces lo seguí. Aquí y allá, la mayoría de las veces penando -o esa impresión tengo-, en Enrique Villada se fue forjando un poeta romántico, que vivía la dolorosa poesía y anudaba el cordel de sus zapatos con una inmensa soledad a cuestas.

Yo no creía que eso durara mucho tiempo.

Sin embargo, cuando leí su imprescindible cuento Whitman, el árbol, me di cuenta de que Enrique Villada había logrado la congruencia: su tan sonado decir de poeta se había compaginado con su vida. Si algo los mortales podemos aprender de los grandes poetas es a través de su palabra: el caso de Enrique Villada lo confirma. Sus poemas hacen grandes olas, basados en un ritmo infatigable:

"Las raíces de un tigre sigiloso/

abrevan en arroyos de obsidiana/

fosforece en la noche como el rayo/

la reverberación de su mirada/

viene de legiones extensas/

como el silencio/ o la memoria

de inmemoriales sombras/

llega a poblar el verde mirto/

los racimos de sol y de rocío/

llega a reír inunda mis caminos/

y mis venas amarra de corales/

arrebata mis hojas y mis ramas/

mi guitarra de trigo y arrozales/

encuentro al tigre hasta en el sueño/

sangra en la cerviz el ciervo del agua".

Así es Enrique Villada, un tigre. Hoy lo recuerdo porque es un gran poeta que merece celebrarse con la lectura de su obra, disponible en el Centro Toluqueño de Escritores y en los espacios de la Secretaría de Cultura del Estado de México.

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