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Martes , 11.12.2018 / 04:23 Hoy

Hormigas

No terminar nunca

Porfirio Hernández

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Muchos escritores confiesan no poder terminar nunca sus textos literarios. A una corrección sigue una nueva lectura y la necesidad de corregir de nuevo. Enmendar casi al infinito es un hábito y una manía, una expresión de exigencia o vana costumbre de perfeccionismo... Cada caso es distinto.
Jorge Luis Borges dictaba sus textos y corregía al vuelo de la lectura en voz alta de sus textos: sus páginas son un modelo de concisión verbal. Gabriel García Márquez era un obsesivo corrector de su obra, como lo eran también Álvaro Mutis, Eduardo Mallea y Manuel Puig: sus páginas ejemplifican cómo el estilo es en realidad un camino hacia la perfección.
Corregir es depurar, como se cierne la harina antes de hornear un pastel. Sustituir una palabra por otra, eliminar ripios y frases hechas, apostar a una expresión más breve para describir la acción o, en cambio, abundar donde solo había un apuntamiento, son procedimientos necesarios en la obra antes de darla al editor... y aun después, ya formado el texto en la caja tipográfica, a punto de su reproducción. Arturo Pérez-Reverte acepta ser de esos: en su cuenta de Twitter comparte una hoja de su más reciente novela, cruzada de correcciones. “Última revisión a ‘Sabotaje’, cierre de la trilogía con ‘Falcó’ y ‘Eva’. Y ya ven; una novela no se acaba de corregir nunca. La entregas a la editorial cuando ya no puedes más, y eso es todo. Esperar a tener plena satisfacción es no acabarla nunca. Te acabas volviendo majara.” (https://t.co/41pU5V46oO)
Un texto de alta calidad literaria no sólo exige el talento de escribirlo, sino la habilidad de corregirlo, bajo el riesgo permanente de desfigurado por completo para reiniciar su confección desde el comienzo. Así han muerto muchas obras aun antes de nacer; así también otros han logrado la inmortalidad: Horacio Quiroga, Robert Louis Stevenson y Edgar Allan Poe ensayaron una y otra vez sus historias hasta alcanzar aquella que mejor les satisfizo… y que hoy nos enchina la piel.
A pesar de haber logrado la excelencia, hay autores, pues, que nunca quedan satisfechos. Para ellos, la literatura es, además de un ejercicio estético, un reto personal del que pueden no salir triunfadores: no piensan en su lector común, sino en su lector ideal, crítico al máximo, exigente sin fin. Es ahí cuando su literatura se vuelve un laberinto verbal del que bien pueden no salir nunca. He visto naufragar a más de uno en esa vorágine de palabras, agobiado por la espesura del paisaje, sin rumbo ni brújula, a pesar de tener la experiencia suficiente. A ellos hay que leerlos también: nos enseñan a desconfiar de la literatura espaciosa, oscura y rancia. Y no me refiero, en absoluto, a la escritura difícil, compleja, intricada, no; me refiero a la literatura que no alcanza a serlo.

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