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Jueves , 20.09.2018 / 10:33 Hoy

Hormigas

Leer lo inolvidable

Porfirio Hernández

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La literatura es un proceso que inicia al escribir y termina cuando llega el olvido. En ambos polos, está el creador: el que fabula, el que inventa, el que describe con palabras nuevas una realidad preexistente. Luego, está el lector: el buscador, el soñador, el reproductor de mitos; entre los dos, la palabra que da expresión a lo que ya éramos antes de crearla y antes de leerla. Entre el inicio y el final del proceso se encuentran numerosos lectores, que por razones distintas entran al conocimiento de una obra literaria, ya sea para decidir si es rentable al publicarla, o bien, para determinar cómo ilustrarla y cómo presentarla a sus potenciales lectores.

Hay libreros que leen determinadas obras antes de ofrecerlas a otros interesados en comprar libros; leen también esa obra los críticos, los estudiosos de la academia, los reseñistas, quienes en conjunto sientan las bases del gusto colectivo y, en gran medida, del futuro de la obra literaria. Por fortuna, no son los únicos: en la República de las Letras aún siguen teniendo un peso determinante los lectores que no tienen un interés profesional en ello, sólo leer por el mero gusto de saber, disfrutar o continuar el diálogo de esa república hecha de lectores y escritores, a quienes mueve el interés de renovar la lengua en cada acto literario, desde el proceso creador o desde la lectura activa.

A alguno de esos grupos pertenecemos, sin duda; y muchas de las obras que leemos terminan, cierto, en el cajón del olvido.Las razones pueden parecernos naturales o injustas: hay poesía de gran valía que se pierde en la bruma de los tiempos, aunque es menos probable que la poesía menor prevalezca, dado el contexto de indiferencia que prevalece en nuestras sociedades de consumo rápido, argumento fácil y decisiones apresuradas; además, porque el buen gusto de hoy es lo cursi de mañana, como bien lo definió Octavio Paz; es lógico pues que haya obras literarias que no se correspondan con el gusto estético de la época, y por ende sean perfectamente olvidables: casi podríamos decir que es un requisito tras su publicación... lo cual, si lo pensamos bien, por sí mismo no es censurable. Por otro lado, para cada libro hay un lector, no importa la calidad del primero ni la preparación del segundo: el libro es una máquina transformadora de la realidad que hace confluir experiencias y expectativas, deseos ya conocidos y nuevos deseos... Por eso, celebremos este fin de año con buenas lecturas; es decir, aquellas que nos digan con toda claridad lo que somos. Es una apuesta segura.

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