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Martes , 19.06.2018 / 17:31 Hoy

Hormigas

La pregunta de nuestros días

Porfirio Hernández

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Desde siempre nos han fascinado los demás, confesémoslo. Nos comparamos con ellos e incluso nos regodeamos de sus discrepancias respecto de nuestra individualidad; lo conocido y lo desconocido de los otros nos atrae porque en ello entrevemos y reconocemos nuestra propia discrepancia; hay quienes crean su propio otro (su espejo) en el diálogo interno, en la imaginación creadora e, incluso, en la realidad diaria: conviven con el otro yo, quien hace las veces de interlocutor y guardia de los secretos más íntimos de nuestro ser.

Ese Yo se asemeja al Otro de la literatura y el arte. Célebre es la expresión del poeta francés Arthur Rimbaud "Je est un autre" ("Yo es Otro") que condensa en la más mínima expresión la aspiración de arrancarse del mundo de la normalidad, para convertirse en un poeta, en un vidente, lo cual, dice él, "consiste en alcanzar lo desconocido por el desarreglo de todos los sentidos". Solo la capacidad de lograrlo sin dejar de ser Uno es ya una razón suficiente.

Esa búsqueda del Otro es vana, reclama en el siglo XX el poeta Octavio Paz, que al clamor de que "la vida no es de nadie, todos somos / la vida", exclama en octosílabos perfectos que "para que pueda ser he de ser otro, / salir en mí, buscarme entre los otros, / los otros que no son si yo no existo, / los otros que me dan plena existencia, / no soy, no hay yo, siempre somos nosotros", con lo cual nos deja más en claro la fascinación actual de ser otro en uno mismo.

Pensando en el amplio catálogo de antihéroes de nuestro tiempo, me pregunto si no es ésta la aspiración mayor de los actuales personajes sociópatas, encarnados en autores de crímenes y adoptados por la cultura pop; me pregunto si en cada uno hay una pregunta que no pueden responderse: ¿quién soy yo y dónde está ese que soy yo?, como si ello fuera posible responderlo desde fuera de sí, aparte de la lógica de lo que hacen. El simplismo de esta afirmación es, desde luego, una provocación para el especialista, que observa una generalización al formular esta hipótesis; pero es para mí suficiente para refrendar que, en el fondo, nos movemos por curiosidad e intuición, porque en la medida en que ignoramos, más nos entregamos al ocio de la inútil comodidad, donde nada exige un esfuerzo mayor que ver, oír, sentir, tocar y paladear.

En síntesis, nos fascina estar fuera de nosotros, sin preguntarnos sinceramente si estamos plena y realmente en el lugar que decimos estar. Es una pregunta que podríamos hacernos de vez en cuando, en medio del mundanal ruido, para tener al menos esa certeza.

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