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Martes , 19.06.2018 / 00:45 Hoy

Hormigas

Juan García Ponce

Porfirio Hernández

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Al menos durante once años dejé de leer la obra de Juan García Ponce (1932-2003). En semanas recientes terminé La casa en la playa (Joaquín Mortiz, 1966), un drama escrito con refinado estilo, que me hizo constatar las mejores cualidades del escritor nacido un 22 de septiembre en Mérida, Yucatán, al sur de la república mexicana: su rigurosa precisión de emociones; la bien calculada distancia de su voz narrativa respecto de sus personajes y tramas, y su facilidad para problematizar situaciones de la vida amorosa en un contexto de liberalidad sexual, propio de los sesentas.

Conforme me sumergía en la trama de esta novela, fui reconociendo los rasgos que me hacen admirar a este gran autor mexicano. Su memorable capacidad narrativa proviene de la precisión con que desarrolla sus conflictos dramáticos, el retrato íntimo de una época y del grupo de jóvenes que se cuestiona el sentido de las reglas preestablecidas, pero no en un sentido ideológico, sino existencial: nada los une a la corriente del tiempo.

Yo lo descubrí en mi adolescencia. Recuerdo mi primera lectura de su obra, facilitada por mi amigo Arturo Cáceres, Tolo; se trataba de un volumen de cuentos publicado en 1963 por la editorial Era: La noche. Me sorprendió su elocuente capacidad narrativa, que con breves pinceladas dibujaba el carácter de un personaje, o sus eruditas alusiones literarias y plásticas, que me abrieron la puerta a la literatura de Pierre Klossowski (1905-2001), Robert Musil (1880-1942) y la obra plástica de Balthus (1908-2001), Manuel Felguérez (1928) y tanto otros artistas.

Seguí leyendo sus novelas, sus cuentos y sus ensayos sobre arte plástico y literatura, que me transformaron y aun hoy me estremecen. Veía con delectación una y otra vez las películas que él inspirara -entre otras, Tajimara (Los bienamados), dirigida por Juan José Gurrola en 1965. Era tal mi admiración por su trabajo que una tarde lo llamé por teléfono; su esposa, Mercedes Oteyza, me dijo que él no podía contestarme -su destructiva enfermedad lo mantenía inmovilizado-, pero me agradeció la llamada.

Con el deseo de conocerlo, asistí a presentaciones y homenajes donde se anunciaba su presencia, pero a los que nunca iba él. No pude estar en Guadalajara, Jalisco, en 2001, cuando le fue concedido el Premio Internacional de Literatura "Juan Rulfo". En los últimos días de 2003, después de casi dos años de no leer su obra, supe que había muerto: me detuve a pensar en lo que su obra significaba para mí y, sin darme cuenta, mi admiración se quedó suspendida, hasta que en estos días una irresistible atracción me hizo abrir la novela que he citado al principio.

Hoy su obra tiene plena vigencia: como muy pocos en México, García Ponce nos descubrió nuevas ideas y mejores autores de la literatura erótica, la literatura alemana de la posguerra, las nuevas relaciones humanas, el conflicto existencial de la ausencia, los artistas plásticos mexicanos... A él pertenece este pensamiento: "La cultura ha perdido su prestigio al extremo de que, cuando los tímidos se deciden a hacer cultura, tienen que bautizarla con el nombre de contracultura".

Quizás su obra ha sido desplazada del interés literario de nuestro tiempo. Nada más normal; sin embargo, en los pasillos y las aulas de las escuelas de literatura y en las páginas literarias de nuestros diarios y revistas su obra sigue siendo un punto de referencia. Está más viva que nunca. Leerla nos hace comprender mejor su aportación.

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