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Martes , 13.11.2018 / 21:44 Hoy

Visión Social

Pecado y delito

Pedro Miguel Funes Díaz

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Nos impactan y preocupan las noticias que nos refieren hechos delictivos cometidos por diversos tipos de personas. Además de lo que conocemos por los noticieros, tememos, porque quizá hemos ya sido víctimas, cosas de este tipo que pudieran dañarnos especialmente a nosotros o a nuestros familiares, amigos o a cualquier persona.

Cuando la transgresión de las leyes en la sociedad establece una pena que debe aplicar la autoridad judicial, es decir cuando la transgresión va, por así decir, más allá de ser una infracción administrativa, la llamamos delito. La ley regula este ámbito para proteger los bienes más importantes, como la vida o la propiedad, y la pena que se establece para un delito tiene como fines disuadir de cometerlo a quienes pudieran inclinarse a ello y, cuando el delito se ha cometido, restablecer, en cuanto posible, la justicia dañada, así como posibilitar la readaptación del delincuente en la sociedad.

El delito guarda una importante relación con el pecado, pues una conducta delictuosa no es objeto de consideración solamente del derecho positivo, es decir, no es de interés nada más para las leyes establecidas por las autoridades humanas. En efecto, el delito tiene que ver con la conciencia, con el conocimiento que permite a una persona emitir un juicio moral sobre la bondad o maldad de sus actos.

Hablando en general, los delitos son pecado, porque además de quebrantar la ley positiva, quebrantan también una ley inscrita en la intimidad de la conciencia. Robar, por ejemplo, no es una conducta que tengamos que evitar nada más con el fin de evitar ir a la cárcel, sino una exigencia interna, de modo que quien roba tiene que romper, antes que con las leyes penales del estado en el que se encuentre, con una ley que no procede del exterior, sino de sí mismo, en cuanto ser humano.

Una ley positiva, sin embargo, puede mandar o prohibir conductas que de por sí no entran directamente en el ámbito de lo toca al pecado; pero tales leyes han de obedecerse y son obligatorias también desde el punto de vista moral o ético, porque la misma conciencia indica que la autoridad debe ser obedecida en el campo que le corresponde.

La excepción cabe solamente en el caso de las leyes injustas. Dado que son producto de las determinaciones de los hombres, las leyes positivas pueden a veces ser contrarias a la ley natural reconocida por la conciencia. Únicamente en este caso es moralmente permitido desobedecer la ley positiva.

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