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Domingo , 22.07.2018 / 13:34 Hoy

Visión Social

Participación y caridad

Pedro Miguel Funes Díaz

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La solidaridad es un principio esencial de la sociabilidad humana y de ella deriva la participación. Participar, socialmente hablando, significa que a través de diversas actividades, las personas contribuyen a la vida cultural, religiosa, económica, política y social de la comunidad a la que pertenece. La participación puede ser de forma individual o en asociación, puede ser directa o por medio de representantes, según el caso.

La vida en sociedad afecta a todos y por lo mismo la participación no se limita o no debe ser limitada a un ámbito solo de ella, por ello es imprescindible defenderla y favorecerla, especialmente porque siempre se corre el riesgo de que quienes sean más débiles sean marginados de hecho de dicha participación. En nuestro país, como en realidad en todo el mundo, promover la participación es una urgencia moral en orden al bien común.

Muchas veces pensamos en la consolidación de un sistema democrático -como el nuestro- como dependiente ante todo de las decisiones de los políticos que detentan el poder en sus niveles más elevados. Aunque es cierto que tales decisiones son muy importantes, el panorama no es completo si no se toma en cuenta que una sociedad en la que los ciudadanos participan, no nada más en política, sino en todo tipo de instancias en los distintos ámbitos, desarrolla también las estructuras y medios para defenderse mejor de posibles desviaciones y abusos en el uso del poder.

En México la participación ciudadana en asociaciones, grupos, clubes, partidos y similares parece que deja todavía mucho que desear. Si muchos mexicanos participan en grupos religiosos parroquiales, en clubes deportivos, en asociaciones asistenciales, culturales, etc. y algunos en grupos cívicos y políticos, la verdad es que muchísimos más no participan sino muy poco o nada.

Obviamente para la participación existe una motivación natural que puede proponerse desde una perspectiva filosófica y cívica como una exigencia moral para la conciencia de todo ciudadano responsable. Desde el punto de vista cristiano se descubre además una motivación sobrenatural que debería pesar con fuerza en quienes profesamos la fe cristiana.

A este respecto cabe notar que para el cristiano la cumbre de la solidaridad se encuentra en la vida de Jesús de Nazareth, en quien se manifiesta el amor trascendente de Dios. Así, también la vida social puede ser descubierta como un ámbito de caridad.

En la "Sollicitudo rei socialis" san Juan Pablo II enseñaba que "a la luz de la fe, la solidaridad tiende a superarse a sí misma, al revestirse de las dimensiones específicamente cristianas de gratuidad total, perdón y reconciliación. Entonces el prójimo no es solamente un ser humano con sus derechos y su igualdad fundamental con todos, sino que se convierte en la imagen viva de Dios Padre, rescatada por la sangre de Jesucristo y puesta bajo la acción permanente del Espíritu Santo. Por tanto, debe ser amado, aunque sea enemigo, con el mismo amor con que le ama el Señor, y por él se debe estar dispuestos al sacrificio, incluso extremo: dar la vida por los hermanos".

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