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Domingo , 16.12.2018 / 20:59 Hoy

Visión Social

Nación y patria

Pedro Miguel Funes Díaz

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Con el campeonato del mundo de fútbol parece desbordarse un cierto nacionalismo en el que no faltan excesos entre los aficionados menos sensatos; ni quienes por resultados desfavorables estallan contra los dirigentes deportivos, o contra el técnico, o contra uno o varios jugadores; ni quienes al ganar pasan a un estado de euforia casi irracional. 

Estos desbordamientos anímicos tienen una razón de ser, ya que generalmente existe un vínculo de solidaridad entre las personas de los países representados, de modo que la victoria o derrota de una selección se siente como propia por parte de la gente de dichos países. Dentro de unos límites razonables de respeto a los demás, alegrarse de las victorias del propio equipo o lamentar las derrotas no tiene nada de malo. 

La solidaridad entre las personas de un país no es lo mismo que simpatía política por el Estado que gobierna dicho país; aunque algunos gobernantes traten de aprovechar las manifestaciones deportivas como promoción de sus propias ideas políticas, sobre todo si deportivamente le va bien al equipo. 

Más que al Estado, la solidaridad de la que hablamos tiene relación con el origen de un cierto pueblo y con diversos elementos culturales comunes que se dan en él. Se trata de una realidad nacional, en cuanto que con el término “nación” se hace referencia a los orígenes y a la cultura, aunque a veces se habla sin darle énfasis a esta connotación de la palabra.

 El término “patria”, por su parte subraya aquello que ha sido recibido de parte de las generaciones precedentes y que debe conservarse por ser valioso e importante. “Patria” es como “patrimonio”, algo recibido. Así, el patriotismo implica el vínculo no sólo con los compatriotas del propio tiempo, sino con los del pasado. La palabra “nacionalismo”, en cambio, suele tener una connotación negativa, porque se relaciona con abusos históricos llevados a cabo por considerar una nación determinada como superior naturalmente a las demás. 

Al entrar en juego los afectos humanos, el amor a la patria, muy legítimo e incluso necesario, debe proponerse en el marco de una solidaridad que rebasa los límites o fronteras nacionales. Todos los seres humanos, por el simple hecho de serlo, poseemos la misma dignidad, de modo que esto exige también una solidaridad básica y fundamental. Reconocer a los demás, a los que son de otra nación, como semejantes nuestros no es sólo una exigencia deportiva, sino un presupuesto de la paz en el mundo.

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