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Domingo , 24.06.2018 / 00:50 Hoy

Visión Social

La obligatoriedad de la ley

Pedro Miguel Funes Díaz

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Un amigo, comentando los abusos de cierto personaje con autoridad política, me decía que la ley servía a quienes gobiernan para controlar a los gobernados y que, por ello, tenía como costumbre ignorarla. Supongo que cuando no hacer caso a la ley le podía causar problemas, este amigo la cumplía, por la coacción externa que lo obligaba. Como este amigo tenía un problema que podía resolverse precisamente invocando la ley, me pareció conveniente decirle que, precisamente, era la ley la que lo protegía de los abusos.

La ley no es sólo una, en realidad existen muchas leyes, según el ámbito al que se refieren o la autoridad que las promulga u otras divisiones y clasificaciones de ellas. Está claro que no todas las leyes son buenas o justas, pero el ideal es que lo sean. Entre los seres humanos la convivencia exige que existan normas que regulen el comportamiento, de modo que dicha convivencia sea posible y provechosa.

A diferencia de las leyes físicas, químicas y similares, las normas que se elaboran en las sociedades humanas son susceptibles de ser desobedecidas. Si la ley establece que las jornadas de trabajo para los empleados sean de tantas horas, es posible que alguien por ahí haga que sus empleados trabajen más allá de ese límite; si la ley prohíbe apoderarse de los bienes de otra persona, no faltarán quienes se dediquen, de todos modos, a robar.

La razón para el cumplimiento de la ley se encuentra ante todo en la naturaleza social del hombre. Llegamos por lo mismo a la raíz moral o ética de la obligación de cumplir las leyes. Cumplir la ley significa formar parte de una comunidad humana con la que tenemos vínculos de solidaridad y con la cual hemos de buscar las mejores condiciones para vivir y desarrollarnos, con nuestras familias, grupos y asociaciones. La coacción de parte de la autoridad es necesaria en ciertos casos porque es imposible que todos los ciudadanos sean totalmente responsables, pero los cimientos de la exigencia de cumplir la ley están en el ser y la sustancia de las personas, seres sociables e interdependientes.

Con todo, existe la posibilidad de que una ley no deba ser obedecida. En ciertos casos, cuando una ley entra en conflicto con otra de mayor valor, lógicamente no es obligatorio su seguimiento. Esto puede darse ya entre las leyes humanas, pues las leyes positivas, que son las leyes emanadas por la autoridad humana, pueden entrar en conflicto, porque están hechas por legisladores que son limitados y por ello pueden hacerlas buenas o malas, mejores o peores.

Las leyes humanas no pueden o, mejor dicho, no deben entrar en conflicto con las leyes que derivan de lo que somos como hombres, es decir de nuestra esencia. Los legisladores no han creado a la humanidad, ni ésta ha creado el mundo. Por ello otro caso donde no cabe la obediencia a una ley es cuando dicha ley se contrapone a los verdaderos derechos humanos. Ninguna ley humana pude establecerse contra el derecho a la vida, ni en favor de la explotación de las personas, por ejemplo.

Como cristianos hemos de seguir las enseñanzas de san Pablo, que nos enseña en la carta a los romanos a respetar y acatar a las autoridades constituidas no por miedo al castigo, sino por el dictado de nuestra conciencia.

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