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Domingo , 21.10.2018 / 21:04 Hoy

Visión Social

La gran red del mundo

Pedro Miguel Funes Díaz

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Se calcula que la tierra firme de nuestro planeta es de 148 940, 000 km cuadrados y que la población actual es de 7, 405, 038, 493 habitantes. Los seres humanos no nos distribuimos sobre la tierra repartiéndola regularmente, sino que nos encontramos organizados en comunidades que a su vez se relacionan unas con otras y forman los estados que ocupan esa superficie y que desde cierto punto de vista constituyen el nivel máximo de organización, puesto que cada uno de ellos se considera soberano, aunque existen instancias de nivel internacional, que buscan dar unidad y coherencia al conjunto.

La inmensa red que formamos los seres humanos en el mundo tiene una historia y es un hecho complejo y multiforme al que nadie puede escapar. Desde la satisfacción de las necesidades básicas hasta las mayores expresiones del espíritu, todas las actividades humanas se hallan enmarcadas en una realidad más grande. La economía, la cultura, la religión, etc., son los diversos ámbitos en que se desarrolla la vida de las personas, comunidades y pueblos en una interacción que hoy en día ha alcanzado niveles antes insospechados.

Al mismo tiempo se pueden notar los graves problemas que amenazan a la humanidad y que, aunque muchos de ellos no son nuevos, hoy se presentan como riesgos globales. Así, tenemos las injusticias en el campo económico, las guerras y conflictos armados, el narcotráfico, el crimen organizado y muchas otras cosas de las que todos los días encontramos noticias en los periódicos.

Ante el ambivalente panorama del mundo debe destacarse la importancia capital de la política. El conjunto de la humanidad no podrá vivir en un mundo mejor si la actividad más alta de servicio para el bien de todos, que debe ser la política, no se aprecia y promueve como tal, porque son las grandes decisiones políticas las que han aportado las mejores condiciones de vida o las que han arruinado a los pueblos en la historia y en la actualidad.

La misma política o, mejor dicho los políticos, deben tener presente que no pueden proponerse como absolutos ni proponer así al Estado, es decir no pueden proponerse como los dioses a quienes todos deban servir, porque su sentido es precisamente el contrario, que es el de servir a sus pueblos, formados por comunidades, asociaciones, grupos, familias y personas.

Cada persona, que posee el derecho innato de participar en su comunidad política, se halla en alguna situación en la gran red de las relaciones, ya sea en lo laboral, en lo social, en lo cultural. No todos en el mundo están bien situados y muchos se encuentran atrapados en sistemas inicuos. Cada quien está llamado a aportar su granito de arena para mejorar o, al menos, para hacer menos malo cuanto está a su alcance.

El Nuevo Testamento ha aportado a la cultura humana la convicción de que hay algo sobre el poder político del mundo, y por ello los cristianos ponemos por encima la soberanía de Dios, no porque haya que crear un Estado teocrático sino porque toda realidad política es limitada; no porque haya que resignarse a ver los males del mundo sino porque en cada persona se puede descubrir la imagen de Dios; no porque haya que aislarse del mundo, sino porque podemos solidarizarnos con todos.

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