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Miércoles , 16.01.2019 / 00:39 Hoy

Visión Social

Calumnia y difamación

Pedro Miguel Funes Díaz

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Desde la antigüedad en las luchas por el poder político muchos han recurrido a medios "sucios" para conseguir sus objetivos, entre los que se encuentran la calumnia y la difamación.

Calumniar significa decir cosas falsas de alguien con el fin de que se dañe la imagen que éste tiene ante los demás, mientras que difamar significa dar a conocer cosas, que pueden ser verdaderas, para dañar igualmente el buen nombre o fama de una persona.

Naturalmente la calumnia y la difamación no son exclusivas de los altos ámbitos políticos. A cualquier nivel de la sociedad se recurre a ellas para obtener ventajas o para perjudicar a alguien.

Muchas veces las personas que son objeto de este tipo de ataques no son capaces de reponerse o de reconstruir los vínculos con los demás. Las calumnias y difamaciones que afectan el trabajo y la familia suelen tener consecuencias serias y a largo plazo.

En el terreno político la inclinación a calumniar o difamar está a la orden del día. Dado que lo que está en disputa es de un valor muy elevado, a saber, poder y dinero, la resistencia de las conciencias se hace más débil.

La calumnia y la maledicencia o difamación destruyen la reputación y el honor del prójimo, de modo que, en un sistema de elecciones para acceder a los puestos públicos, si este prójimo es un adversario político, una víctima de calumnias y difamaciones no podrá gozar de la suficiente simpatía de los ciudadanos.

El Catecismo de la Iglesia Católica habla además del juicio temerario.

Aquí encontramos un punto de referencia interesante porque si se busca evitar caer en esta última deficiencia, se puede hallar igualmente un contrapeso a la calumnia y a la difamación.

En efecto, el juicio temerario consiste en admitir como verdadero, sin tener fundamento suficiente, un defecto moral del prójimo.

Desde este punto de vista, ante la multitud de cosas que se pueden decir contra una persona, estamos éticamente obligados a evitar, en cuanto sea posible, formular juicios temerarios.

La conciencia recta más bien nos invitaría a interpretar, en cuanto sea posible, pues a veces no lo es, de modo favorable las palabras y acciones de los demás.

El ideal sería que nadie calumniara ni difamara, por un lado, y que nadie se apresurara a juzgar temerariamente.

Esta Semana Santa, viendo las calumnias que sufrió Jesús, puede ser ocasión para que todos, políticos y ciudadanos, ajustemos nuestra conciencia y caminemos mejor por la senda del respeto al honor y fama del prójimo.

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