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El desafío del pensar

Un nuevo golem

Paulina Rivero Weber

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Hace muy poco tiempo, cuando un individuo deseaba decirle algo a alguien, debía tomarse el tiempo necesario para buscarle. Eso daba un lapso para reposar la pena, el enojo o la preocupación.

Hoy la comunicación es tan instantánea como lo es la telepatía en ciencia ficción. Se piensa o siente algo, se dicta o escribe y en ese instante el destinatario se entera de la desbocada solidaridad o de una mentada de madre; la inmediatez del chat es radical.

Es mucho lo que con ello se ha ganado y también mucho lo que se ha perdido. Pero más que pensar si el modelo de comunicación de antes era o no mejor, conviene tener en cuenta ciertos peligros propios del chat.

El primero de ellos es el que he expresado: la inmediatez. El instante a solas, que bien podía ayudar a acomodar ideas y solo después hablar, tiende a perderse fácilmente. Y con esto llego a un segundo peligro: ¿dónde está la soledad? Claro, lo anterior no es un problema para una sociedad que suele huir de la soledad. Pero para quienes la requieren, el chat es un tormento.

Este medio también impulsa a la dependencia hacia los otros: el otro me escucha, ergo existo; pienso ergo no existo, porque nadie me escucha y ese es el quid de nuestra cultura: estar vertido hacia el afuera, nunca hacia el pensamiento.

Todo ello ha alterado las relaciones humanas; ese es un peligro más. Se considera que si se puede estar disponible, entonces se debe estar disponible. Esto puede causar ansiedad ante ausencias en ocasiones inevitables. Puede generar una dependencia enferma hacia el chat, como si esa comunicación garantizara que la relación es buena, cuando bien se puede no saber de un amigo amado en meses, y ni se le ama menos, ni se piensa menos en él.

Por último, el chat no lleva la mirada, el tono de la voz, la expresión de la cara ni el lenguaje corporal: la comunicación puede hacer creer lo que en realidad no se pretende.

¿Mejor o peor? Práctico, lo es sin duda y quien lo niegue no lo ha usado o miente. Pero quienes vivimos en su torbellino, a veces en horas de angustia y de luz vaga, recordamos una pregunta capital de Jorge Luis Borges: ¿Cómo la inacción dejé, que es la cordura?

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