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El desafío del pensar

Tecnología y educación ética

Paulina Rivero Weber

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El avance de la tecnología en los últimos años ha ido tan veloz que no hemos sido capaces de educar a sus usuarios ni en lo más elemental. Pensemos en algo tan simple como el uso del teléfono: no hace mucho, estaba confinado a una cabina o un lugar específico de la casa. Hoy, en cualquier momento tenemos que soplarnos los gritos de quienes hablan o peor, de quienes dictan mensajes por teléfono: nadie percibe la necesidad de retirarse un poco del grupo para respetar la plática ajena o el silencio del vecino.

Pero esto no debiera extrañarnos: esa ha sido la historia del avance de la tecnología durante el último siglo. A la fecha, la manera exponencial en que ésta se desarrolla no nos deja el tiempo necesario para civilizarnos ni en cuanto a modales ni en su uso ético ni —lo más importante— en cuanto al camino que debe guiar ese desarrollo, el cual debiera tener una ética clara.

La ética es la guía laica para las acciones humanas, las cuales se tornan considerablemente más poderosas con la ayuda de la tecnología. Porque el ser humano no tiene garras ni una fuerza mandibular suficiente para ser temido: pero en pocos años adquirió algo mucho más peligroso que eso: una tecnología que le ha llevado a aniquilar miles de especies y a devastar su propia casa.

Hay algo que todos podemos hacer para colaborar a que la técnica deje de dañar nuestro planeta: no consumir aquello que le hace daño. Al principio puede ser difícil, pero poco a poco la costumbre ayuda. Somos los consumidores los que decidimos qué se produce: el día en que nadie coma carne, se acabarán los mataderos de animales y la brutal contaminación que la cría de ganado produce; el día en que nadie compre botellas desechables, dejarán de ser negocio; el día en que todos compremos solo productos biodegradables, el mercado ofrecerá solo eso.

Somos los consumidores los que decidimos y poco a poco, con pequeñas acciones, es mucho lo que podemos contribuir. Quizá así logremos salvar nuestro hogar, que es también el de miles de especies que tienen el mismo derecho a existir que cualquiera de nosotros.

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