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Sábado , 22.09.2018 / 00:41 Hoy

Columna de Paulina Rivero Weber

La sagrada familia

Paulina Rivero Weber

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Son muchas las historias de horror que esconden nuestros más sagrados conceptos. Entre ellos, la noción de “familia” pareciera tener un halo de santidad que algunos no quisieran manchar, de modo que se oponen a una homoparental y a cualquier otro tipo de esta que no sea la habitual. Pero el concepto “familia”, como todo, cambia.

Heredado de Roma antigua, en su origen “familia” designaba al conjunto de esclavos de una casa: los fámulos. Con el tiempo, el término pasó a designar a toda la casa y sus habitantes: perros, gatos, niños, esclavos y mujeres, eran propiedad del Pater familias: eran su patrimonio. Así, en las leyes de las XII tablas romanas, quedó anotado que el Pater familias tenía el derecho de vida y muerte sobre su patrimonio; podía vender a sus hijos como esclavos o incluso matarlos.

Los conceptos, ideas y usos, cambian. El de “familia” continúa cambiando; hoy existen las homoparentales o en las que cuya cabeza es una madre soltera, entre otras posibilidades, y son funcionales.

Aun así, la relación entre los conceptos “familia” y “fámulo” hablan de algo más que una etimología muerta, pues el esquema del Pater familias no ha sido del todo superado.

Ciertamente hoy en día a un padre no se le permite vender o matar a sus hijos. Pero en nuestra sociedad, él suele mandar por encima de la madre, su libertad sin duda supera a la de ella y los hijos llevan el apellido materno en segundo lugar y no lo heredan a sus hijos.

La vieja esclavitud ejercida por el Pater familias, no ha sido borrada de la historia. En muchos casos, el hombre continúa siendo señor y dueño de la casa y peor aún: la violencia hacia la mujer no cesa, y ésta tiene sus raíces en ese empoderamiento histórico del Pater familias, que por siglos sintió a la mujer inferior, despreciable y hasta odiosa: “como Jantipa o peor” diría Shakespeare y seguramente lo aprobaría Sócrates.

Quizá algún día, hombres y mujeres puedan liberarse de esa pesada carga, que es tal para ambos. Tal vez entonces las familias no se definan por los roles de género de la pareja que la conforma, sino por su capacidad para educar, respetar y amar a sus hijos por igual.

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