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Columna de Paulina Rivero Weber

La época de la imagen

Paulina Rivero Weber

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Al escribir sobre los peligros de la técnica moderna, Heidegger se adelantó a su tiempo. Uno de ellos, pensaba, consiste en medirnos y valorarnos a través de nuestra mera imagen y creer que conocemos a alguien (o algo) a través de la imagen que proyecta.

Heidegger no sabía que algún día existirían las redes sociales, en donde gran parte de los usuarios comparten una apariencia falsa de sí mismos. Sin duda también existe un empleo positivo de las redes; se pueden compartir noticias, documentos interesantes y hasta obras de arte. Pero lo que más suele encontrarse es una falsa imagen de los usuarios.

En nuestra sociedad, somos las mujeres quienes tenemos una mayor presión por nuestro aspecto. No es raro entonces la gran cantidad de mujeres que, en redes sociales, aparecen diferentes a como son en realidad. Obesas que en cierta pose parecen delgadas, gorditas de estatura baja que de alguna manera lucen altas y esbeltas, o familias ideales cuya felicidad sorprende a quien conoce sus infiernos.

En el intento de proyectar un aspecto diferente, existe un problema amenazante: el descontento con el propio físico y con la propia vida en general. Todo esto no es producto de un error individual, sino del sistema en que vivimos: es la época en la que todo lo que cuenta es la apariencia y por eso quien no considera que su imagen es agradable, la transforma a su gusto o al gusto de la moda.

Ese profundo descontento con la propia realidad genera a la vez un descontento mayor; crece una minusvalía por ser quien en verdad se es. Todo ello conlleva el dolor de no estar a la altura de lo que se pretende ser.

Lo que hace falta recordar es que una persona no es su imagen. Si Stephen Hawking lo fuera, sería un pobre inválido, cuando es una de las mentes más brillantes. Un individuo es la suma de lo que hace con las experiencias vividas; es la suma de su historia en un instante que llamamos “presente”.

Las redes sociales tienen una gran fuerza y su empleo no es negativo ni positivo. Su bien o su mal radican, comúnmente, en el uso que le demos: pueden ser poderosas aliadas o nuestro más cruel enemigo.

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