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Lunes , 15.10.2018 / 20:42 Hoy

Columna de Paulina Rivero Weber

La envidia según Spinoza

Paulina Rivero Weber

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Hace unos 30 años no era sencillo encontrar textos sobre Spinoza: hoy este filósofo del siglo XVII ha sido revalorado gracias a los avances de la neurociencia. Hay algo que le interesa a esta nueva disciplina, que Spinoza comprendió a la perfección: las emociones.

Consideraba este filósofo que toda emoción deriva del deseo y su relación con dos afectos básicos: la alegría y la tristeza. Con esta última, está relacionada la envidia, que él definió como “el odio que lleva al individuo a entristecerse por la felicidad del otro y a gozar con su desgracia”.

Envidia, del latín invidia, deriva de in videre, esto es, colocar en algo (in) la mirada (videre). De ahí la superstición acerca del “mal de ojo”: la idea del daño que ciertas personas pueden hacer, al ver a otras con envidia.

Lo contrario de este sentimiento sería alegrarse con la felicidad ajena y sufrir con sus pesares. Pero es notable no encontrar una palabra apta para designar cabalmente esa doble función: magnanimidad, solidaridad, compasión, generosidad… Quizá sea tan escasa esa actitud que no tenemos un concepto que le designe de manera completa.

Un concepto cercano podría ser el griego com-pasión: el “com-pathos”. El pathos es la pasión en el sentido griego: “lo que le sucede” al otro. Pero en nuestra lengua “compasión” consigna al hecho de sentir tristeza por la desgracia ajena, no remite a la alegría.

Compartir la felicidad sería congratularse. Este concepto es un compuesto del prefijo latino con, que revela la acción en su completud (como diría Octavio Paz) y gratus: grato. Indica la capacidad de sentir de manera grata o agradable el triunfo ajeno.

Lo cierto es que envidia solo se cura con el contento de sí. Los eremitas daoistas de la antigua China subrayaron la importancia de estar contento con lo que se tiene y con lo que se es.

Curiosamente resulta que el mal de ojo es una realidad en otro sentido; amarga y hace daño no al mirado, sino al que ve; es decir, no el envidiado, sino al envidioso. Como podría decir Fray Luis de León: dichoso el humilde estado de aquel que vive con poco, ni envidioso, ni envidiado.

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