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Columna de Paulina Rivero Weber

Ahí donde está el peligro

Paulina Rivero Weber

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Nadie en su sano juicio puede dudar del beneficio que la ciencia ha traído al mundo. Las enfermedades erradicadas gracias a las vacunas o aquellas que pueden ser tratadas con antibióticos de primera, segunda o tercera generación, son una prueba cotidiana que todos vivimos día a día. Asimismo, el avance de las neurociencias en los últimos 20 años —que ha tenido un impacto radical en la ética— se debe a la ciencia y a su aplicación tecnológica.

Sin embargo, debemos preguntarnos: ¿cómo es que con todo ese saber hemos colocado al planeta en el peligro en que hoy se encuentra? El problema, no lo dudemos, no es de la ciencia. Esta solo hace lo que puede y debe hacer: investigar, estudiar, avanzar en el conocimiento y nada debería frenarla. Es en la aplicación tecnológica de la ciencia en donde pueden surgir problemas de índole ético o bioético.

Dicha aplicación creció de la mano de la ciencia, pero no de la mano de la ética. El conocimiento puede emplearse con diversas finalidades y es ahí donde el juicio ético o bioético debe formar parte del momento de decisión.

La cuestión más urgente que enfrenta la bioética es el cambio climático, en el cual todos los países deberían encender un foco rojo. En ese sentido es digna de alabanza la actitud que el presidente de Francia ha tenido frente al presidente Trump. Éste, como sabemos, "no cree" en el cambio climático, como si se tratara de creencias humanas y no un hecho comprobado. Macron ha invitado a los investigadores estadunidenses a unirse a los científicos franceses: "Esta es su casa", dijo.

Ahí donde está el peligro, decía el poeta Hölderlin, crece también la salvación. La salvación está en la aplicación de la ciencia a través de tecnología de vanguardia, pero en lugar de hacerlo con indiferencia ante la salud global del planeta, es menester hacerlo con ética. En esa misma aplicación de la ciencia de vanguardia se encuentra una posible salvación no solamente para la humanidad, sino para el planeta en su conjunto, siempre y cuando la ética y la bioética ocupen su lugar en el ya inevitable proceso de tecnologización del mundo.

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