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La columna de Pablo Ayala Enríquez

Otros altares

Pablo Ayala Enríquez

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De todos, los que más llamaron mi atención fueron los que parecían tumba de monte. Con su meticulosa austeridad tétrica se abrían paso entre el resto de altares, exhibiendo un equilibrio perfecto entre la frugalidad y el universo simbólico que reúne cada una de las obras de arte indígena.

Los que se ubicaban frente a la explanada de la catedral de San Cristóbal de las Casas se alejaban de los clichés. Ninguno fue dedicado a artistas, políticos o deportistas. La idea me gustó porque me dio oportunidad de pensar en otras muertes, en otras memorias que es necesario honrar por ser tan entrañables como necesarias. Me explico.

La cancelación del nuevo aeropuerto de la ciudad de México revivió la polarización que sufrimos durante la recta final de las pasadas elecciones, y recrudeció la incertidumbre respecto al talante con el que Andrés Manuel López Obrador gobernará cuando sea presidente. Los demonios del recelo, la confusión y el nerviosismo hicieron bien su tarea: amarraron las navajas para que chairos y fifís se den con todo donde se vean: la Cámara, las redes, las editoriales, las charlas de café, las sobremesas…

El malestar ha dado un palo mortal a la naciente esperanza, el entusiasmo, el respeto y a otras tantas virtudes cívicas que son necesarias para convivir en armonía. Por ello no parece ser mala idea levantarles un altar para honrarlas y así, como cuenta la costumbre, verlas de nuevo cuando regresen del más allá a deleitarse con los manjares que les hayamos ofrendado.

Convendría hacer un altar grande y colorido a la esperanza. Para que se anime a dejar las tinieblas, hay que desbordarlo de cañas dulces, naranjas, atoles, tamales y quesillo.

Tampoco estaría mal levantarle un altar a la armonía, ésa que nos ha permitido salir adelante cuando las inundaciones, los terremotos y los huracanes se nos han venido encima. Con mezcales, dulce de calabaza, tacos y pozol podríamos alborotarla.

A la congruencia, el respeto, el compromiso, la honestidad, la transparencia, la equidad, la tolerancia y la justicia, también debíamos recordarlas cruzando los dedos para que el 8, 9 o 10 de noviembre salgan de su tumba.

Así, juntos, chairos y fifís, alegres y esperanzados, podrían celebrar el regreso de unas virtudes que, espero, flotan atadas de manos en el limbo de los justos. De no estar ahí, tendríamos que esperar a que vuelvan del infierno.

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