Una marcha que deriva en pelea, o que sirve para atizar el resentimiento, no tiene ganadores. Todos pierden: los que marchan y quienes no quieren hacerlo.
Traigo esto a cuento porque no logro borrar de la memoria los desafortunadísimos mensajes mostrados en las pancartas exhibidas durante la Marcha Fifí. En ellas se reflejó la punzante polarización ideológica que desde siempre ha sido el caldo de cultivo del populismo y las dictaduras. Las proclamas no tenían solo que ver con la suspensión del aeropuerto de Texcoco. Los mensajes eran de hostilidad, desprecio, rechazo a la vida concreta del distinto, del lejano, el diferente, es decir, del pobre, y en particular del migrante.
Lo expresado y la vestimenta negra en la marcha resultan desconcertantes. Son símbolos que van más allá de la molestia; son el reflejo de la xenofobia.
Tengo amistades excepcionales que, por su ideología política y estilo de vida fifí, como dice Henri Romero, comulgan con los ideales del “conservadurismo de derecha, [y] busca[n] mantener sus privilegios en la continuidad de un modelo económico neoliberal”, pero que jamás se hubieran atrevido a decir las barbaridades que se expresaron durante la marcha. Su conservadurismo les lleva a ser AMLOfóbicos o reacios a reivindicar un ingreso básico universal de ciudadanía, pero ello no les obnubila su humanidad.
También tengo amistades de lujo, tan chairos que siempre están prestos, como refiere el diccionario de español del Colegio de México, a defender “causas sociales y políticas en contra de las ideologías de derecha”. Al igual que en el otro caso, su liberalidad no les vuelve unos libertinos sin escrúpulos que debamos mantener fuera del círculo inmediato de nuestros hijos.
No es momento para hacer más anchas y profundas las brechas que ahora nos separan. Bastante complejo es sobrellevar la serie de problemas que hoy nos aquejan como para hacerlos más complejos echando leña al fuego del resentimiento, el rencor, el odio y la antipatía.
Sigo pensando, como dije en este mismo espacio en el artículo Otros altares, si vivimos en una sociedad diversa necesitamos repensar el conjunto de valores que nos posibilitarán convivir con armonía en medio de nuestras diferencias. Creo que ésta es la única vía para que el resentimiento y el odio no nos carcoma, seamos chairos o fifís.
Una sociedad "fifichairizada"
- Columna de Pablo Ayala Enriquez
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Pablo Ayala Enríquez
Monterrey /