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Sábado , 22.09.2018 / 06:25 Hoy

Columna de Otto Granados

El legado del Colmex

Otto Granados

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En los más de 30 años que han pasado desde que salí de El Colegio de México, cada vez que me encuentro ante un problema, dilema o disyuntiva —y han sido numerosos los que han poblado mi vida política o mi actividad académica— tiendo a creer que su solución consiste primero en descomponerlo en fragmentos y observarlos detenidamente; luego, en corregir por separado cada uno y, por último, cuando tienen ya otra fisonomía, o parecen tenerla, reunir nuevamente las piezas asumiendo que está resuelto. Algunas ocasiones funciona y otras no, desde luego. Pero esa forma de aproximación intelectual, compuesta de información, método y disciplina es probablemente una de las herramientas más útiles que adquirí durante los años que pasé en el colegio y que de muchos modos me ha acompañado siempre. Por ello, albergo esperanzas de que la nueva presidenta del colegio, Silvia Giorguli, inyectará la energía y la vitalidad que requiere para las primeras décadas del siglo XXI.

La primera fotografía mental que tengo del colegio es de 1979 cuando, animado por algunos amigos que habían estudiado allí y tras un intento fallido de irme al extranjero, coincidió que ese año se abría el programa de la maestría en ciencia política. La noticia, además de producirme enorme alegría, supuso un cambio importante de vida o, más propiamente, dejé de tener vida, al menos en el sentido en que hasta entonces la entendía. Por dos años el edificio del Ajusco, inaugurado poco antes bajo la inspiración de Abraham Zabludovsky y Teodoro González de León, se convirtió literalmente en mi casa, entre otros factores por las favorables prestaciones económicas —remuneración mensual, seguro médico, subsidio alimenticio— de que los estudiantes disfrutábamos y porque era obligatorio cursar la maestría de tiempo completo.

El colegio era, en mi imaginario personal, el exilio español, Alfonso Reyes y Daniel Cosío Villegas, la casa de la calle Guanajuato, los restaurantes y librerías del rumbo, como la Librería Francesa, cuya administradora, se decía, no usaba sostén,y la cantidad de historias que se tejían en torno a la relevancia de la institución en la educación y la cultura mexicanas, nada de lo cual yo había conocido de primera mano. El colegio tenía entonces una reputación muy singular. Era, y es, una institución pública, pero con una identidad muy propia y, al menos en ese tiempo, entre otras cosas porque era tal vez la única escuela en la que los hábitos, las jerarquías, los programas académicos y las lecturas correspondían más bien a los estilos de una universidad liberal norteamericana. Eso lo hacía una rara avis en la constelación de las instituciones mexicanas de educación superior. Pero además, en el caso especial del Centro de Estudios Internacionales, se le percibía como una división muy selectiva, formadora de cuadros de élite —o de tecnócratas, dicho con exactitud— para la administración pública,todo lo cual, por cierto, casaba bien con los vientos que más tarde corrieron en la política mexicana.

Las relaciones entre estudiantes, profesores y directivos se vivían en el colegio con una especie de distancia elegante —el trato de usted era obligado— en donde estaba claro el papel de cada quien. Nosotros éramos la clase inferior en la jerarquía académica y nuestro papel era asimilar la iluminación proveniente del Olimpo académico representado por aquellos profesores que venían regresando de hacer su posgrado en el extranjero y tenían un cubículo. Todos esos inventos didácticos, ahora tan usuales, del aprendizaje colaborativo o el desarrollo de habilidades y competencias, eran anatema en un sistema ordenado bajo una tradición vertical, en el que, además, no hacía falta justificar la autoridad intelectualcon los grados académicos, artículos y ensayos a granel, porque la mera noción de esa autoridad, con pocas excepciones, era suficiente para acatar las reglas de etiqueta del colegio. En el caso de los estudiantes de maestría, además, ese tipo de relación era más marcado porque teníamos ya más edad, veníamos de hacer una licenciatura y casi todos traíamos experiencia laboral. En cierto modo, éramos, o por lo menos eso creíamos, una pequeña élite, aunque solo por el accidente de que el resto de los estudiantes era de licenciatura y en consecuencia vistos para abajo. Unos y otros, sin embargo, compartíamos un denominador común: una mezcla de pedantería y arrogancia con la que, según nosotros, nos comeríamos al mundo.

El segundo legado del colegio fue aprender a razonar desarrollando una lógica argumentalmás o menos estructurada y apoyada en datos y evidencia empírica. Apenas unos años antes de mi ingreso al colegio, Rafael Segovia había publicado La politización del niño mexicano (1975), un libro seminal en el estudio de la socialización de los escolares mexicanos y de los hábitos y valores con que se construía la cultura cívica. Como Segovia era el gurú de la forma como se estudiaba la ciencia política —entre otras cosas, porque tenía una cultura enciclopédica, acceso a relaciones políticas de primer nivel, era excelente conversador, manejaba la estadística, y porque casi todos los demás miembros del claustro académico eran historiadores o internacionalistas— su enfoque influyó en el diseño de nuestra maestría. Es decir, se trataba de pensar y escribir desde una cierta categoría científica, planteando una hipótesis con elementos, la cual había que tratar de probar con una argumentación ordenada, cifras, estudios comparados y una robusta envoltura bibliográfica. Los ensayos semestrales de cada asignatura eran, auténticamente, una casa de citas.

Para mi fortuna, esa misma losa se convirtió, con los años, en una disciplina, un método, y, en el fondo, en una ventaja intelectual, particularmente cuando la vida me llevó a la política y la función pública. Me explico: cualquier lector habitual de la prensa mexicana, por ejemplo, puede darse cuenta de que una porción no menor de los textos de opinión que se publican son frecuentemente, además de un desahogo, una catarata de afirmaciones sin lógica ni sustento, sin datos duros ni precedentes, sin argumentación ordenada ni conclusiones sensatas. El método del Colmex pretendía justamente lo contrario: enseñar a pensar, a reflexionar, a escribir con la mayor claridad intelectual posible, a demostrar las cosas con fundamentos razonablemente sólidos.

Cuando terminé mis estudios en el colegio, me di cuenta de que había recibido mucho más de lo que esperaba al principio y esa estancia fue decisiva en mi vida intelectual y política. A la distancia, haber elegido el colegio fue una buena decisión que con los años ha cobrado su verdadero sentido. La institución cumplió con holgura su parte en el contrato de confianza en que se funda, o debiera fundarse, la relación de las universidades con sus estudiantes. Confío en que su nueva presidenta sabrá honrar y renovar ese contrato.
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Embajador de México en Chile

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