• Regístrate
Estás leyendo: VOC. Tercera parte de tres
Comparte esta noticia

VOC. Tercera parte de tres

Publicidad
Publicidad

El nuevo amanecer es caluroso y el sudor despierta al monje Gopallawa, que atolondrado y con un dolor en la espalda que le dificulta moverse, se incorpora del hediondo rincón de su barraca. Enseguida, los soldados lo conducen, con el resto de los cautivos, a los campos de trabajo.

A la mitad del camino los guardias entregan a los cautivos un poco de arroz recocido, envuelto en hojas de plátano. Con las manos sucias y en cuclillas, los prisioneros lo devoran presurosos, pues tienen pánico de ser golpeados si tardan más de lo permitido para engullir su único alimento del día.

Una vez frente a las matas, Ranill Gopallawa recuerda los azotes que recibió el día anterior por no cumplir con su tarea y le preocupa que su condición no le permita llegar a la meta. Entonces, en un golpe de iluminación, llega a la cabeza del monje el recuerdo de las horas que se quedaba absorto para alcanzar el éxtasis a través de la meditación y decide utilizar esa experiencia para controlar su incomodidad. Se abstiene, por ejemplo, de tomar agua, se olvida del dolor y se enfoca únicamente en su faena.

Durante la jornada, los guardias incrédulos siguen con la mirada a Gopallawa, quien concentrado y sin distracciones corta más frutillas que nadie en ese plantío. Al caer la noche y terminar la labor, el monje ha acumulado el doble de su tarea. Sus manos sangran, pero en su rostro se dibuja el orgullo de concluir su trabajo y el alivio de no ser golpeado de nuevo.

El jefe de los guardias, sorprendido por la eficiencia de Ranill, lo envía como premio a la barraca de los presos yemenís, pues ellos son los más experimentados en la siembra y cosecha de café, y sabe que puede formar un gran equipo de corte, lo que le valdría un acenso en la compañía.

Al entrar a su nueva barraca, el monje ve que el dormitorio es más cómodo que los demás. Además queda atónito al observar a los yemenís bailar con mucha energía, en círculos, mientras entonan una melodía que se asemeja a un mantra místico.

Al finalizar el baile, el más anciano de los árabes se acerca a Ranill y de manera amable le ofrece pan y frutos secos. El monje los acepta y los come con desesperación mientras el viejo le explica que, como expertos, ellos son los consentidos de la compañía y comen mejor, descansan más, pero sobre todo pueden realizar sus ritos religiosos. A pesar de esas comodidades, los yemenís tienen la esperanza de que algún día los jenízaros del Sultán lleguen a rescatarlos.

Aún con desconfianza, el monje se aparta y se sienta a descansar en un viejo tapete, en tanto presta atención al grupo de árabes que se divierte en torno a unas pequeñas tazas de cerámica, que contienen un extraño y oscuro líquido de exquisito aroma.

Con curiosidad el monje acepta probar un poco de ese brebaje. Al tomarlo, la iluminación cubre de nuevo a Ranill, quien recupera la sonrisa perdida desde su captura, mientras escucha al anciano pronunciar kawa, palabra con la que es nombrado ese mágico elixir.

oriveroll@hotmail.com

Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.