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De café

San Onofre / 3 de 3

Oscar Riveroll

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Un chillante sonido despierta a la tripulación. Es el mar que se congela poco a poco y rasga lastimoso el casco del San Onofre. A la mayoría de los marineros se les enchina la piel y experimentan al mismo tiempo miedo y preocupación, pues saben que muy pronto, cuando el grosor del hielo sea suficiente, quedarán atascados y no tendrán la menor posibilidad de sobrevivir.

Un marinero cumple las órdenes del capitán y de un certero hachazo destroza uno de los libreros para poder avivar las llamas en la caldera principal del buque. El comandante del navío se aflige, pues sólo queda material combustible para una semana, antes de que el barco se convierta en un gigantesco congelador.

Todos a bordo se turnan para estar en el cuarto de máquinas alrededor del improvisado calentador y mientras el cocinero hace milagros para preparar una sopa dentro de la caldera, los navegantes comen a toda prisa para evitar que se congele.

El termómetro del puente de mando marca 46 grados bajo cero. El capitán, devastado, se frota las manos cubiertas por sus guantes y observa el registro de temperatura. Al ver el vaho que sale de su boca añora una taza de café caliente, la bebida que le daría esperanza y fuerza para dar ánimos a su tripulación, pero el frío le impide disfrutar del ansiado elixir.

De repente, un sonido estremecedor asusta al personal. El barco comienza a detenerse lentamente, pues queda varado en el mar que se ha congelado. El capitán reacciona y le ordena al jefe de máquinas que forme un grupo para ir a la superficie del hielo a intentar desatascar el San Onofre. Sin embargo, el comandante sabe que es una tarea imposible, pero necesita dar tiempo y una ilusión a su tripulación.

Después de varios intentos irrisorios para desatorar la nave, el grupo regresa resignado a cubierta, y al ver que está convertida en una siniestra galería de artefactos congelados, corre a calentarse al cuarto de calderas.

Durante las largas noches árticas, los marineros se reúnen en grupo para dormir y transmitirse calor corporal y así no perder la temperatura que los hace estar vivos. Sin embargo, pocas veces pueden conciliar el sueño, pues el frío y el crujir de los metales del barco que se congelan de manera inexorable los hacen pasar en vela y perder poco a pocola esperanza de sobrevivir.

En el sexto amanecer y con la llama de las calderas a punto de extinguirse, los marineros se alertan por un sonido continuo y que cada vez es más fuerte. Inmediatamente todos suben a cubierta, primero incrédulos y después felices observan cómo se acerca un buque rompehielos aliado que va en su rescate. El capitán, aliviado y estoico contiene las lágrimas, sabe que sus hombres están a salvo y pronto podrá tomar una taza de café caliente en compañía de su amigo, el jefe de máquinas del San Onofre.

oriveroll@hotmail.com

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