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Martes , 17.07.2018 / 20:18 Hoy

De café

El Jornal

Oscar Riveroll

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Libre el Ceilán del cabello - Rica afrenta de la Arabia – Con el manto azul de estrellas – Se ve, que suelta la capa". Cándida Medel recita con devoción coplas del Villancico IV de Sor Juana, ella cree que es un credo, su madre se lo enseñó, se santigua con fe y con los ojos vidriosos frente a la imagen de la virgen del café afincada en la Parroquia de San Jerónimo en Coatepec, se encomienda para tener buena temporada.

Es noviembre, de madrugada, pasó apenas el día de muertos, se acuerda de su madre y le pesa no visitar su tumba en el humilde cementerio de Molotlán, en la zona más seca de Puebla, donde la pobreza cala más que el frio.

Cándida emigró hace 20 años a cortar café, lo hace desde entonces, sabe que eso le dará más que cualquier otra cosa en su tierra, pero hacerlo en la región de Coatepec le dará para comer diario. Tiene bien claro que el trabajo es pesado, y la dedicación y la concentración son el requisito para estar ahí y ganar unos pesos más.

Camina veloz, por una calle empinada, saca un trozo de pan de una bolsa de papel humedecida por el rocío, y sube junto con otras mujeres, jóvenes, niños y señores a la troca que la llevará a los cafetales, del sol se nota sólo el resplandor, las nubes y la neblina no le permiten más.

El señor Cortina, dueño de la finca, melancólico consulta su reloj, conduce por lodosas brechas entre los cafetales. Al detenerse, mientras Cándida y los otros jornaleros bajan de la camioneta, observa con agudeza las matas de café, sabe que no será la mejor producción, la plaga de la roya no ha dado tregua, sin embargo tiene esperanzas sí todos jalan parejo, más que cantidad puede producir calidad.

¡Rojos, casi tintos! grita el productor, los cortadores y Cándida están al tanto, lo tienen en la sangre, únicamente cortará cerezas maduras de color rojo oscuro, dejará el rabito en la rama, así lo pagan mejor, poco a poco llena la canasta de palma que lleva atada a la cintura, y una vez colmado el Tenate, como le dicen a la canasta en la región, lo vacía en un costal. Los niños y jóvenes los atiborran con la celeridad de su propia prisa e inmadurez, los mayores, rápidos también, se concentran en el café, lo aman, saben que hacen su parte, y confían en que los otros, los del beneficio, los tostadores y los baristas hagan lo mismo.

Cándida levanta su cabeza, se limpia el sudor con las manos y mancha su cara de lodo, se acuerda cuando la contrataron para cortar café en el Pacifico, allá por Nayarit y Jalisco, resopla el amargo recuerdo, sus compañeros cortadores de aquella ocasión no amaban el café como ella lo hace, cortaban como caiga, ordeñaban las ramas y maltrataban las plantas, por eso es feliz cortando en Coatepec.

67 kilos cortados en el primer jornal, guarda su dinero muy discretamente, camina cansada a su casa y se prepara para el siguiente día de corte, ve como se aleja la troca del dueño con los costales rumbo al beneficio, tiene la certeza que ella nunca probará una taza de ese café y aun así se siente orgullosa de él.

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