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Vademecum

Acariciando la muerte

Óscar Hernández G.

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Seguramente, la experiencia de la muerte es diferente en cada individuo. También lo es la visión de la muerte en cada persona, grupo y civilización en su tiempo. Sin embargo, la manera de ver o, mejor dicho, de presenciar la muerte en un contexto hospitalario de avanzada o de primer nivel, puede resultar especial, particularmente en Terapia Intensiva. 

 
Es ahí donde la muerte se siente como “en casa” y se mueve a sus anchas; le gusta pavonearse en cada cubículo, los monitores y equipo médico moderno le son indiferentes. 

 
Tal vez por unos breves instantes, la presencia médica la haga titubear, pero al final, la muerte se saldrá con la suya, tarde o temprano. 

 
De manera súbita o poco a poco, los cuerpos se debilitan, cada vez están más fríos y pálidos, los ojos se hunden ojerosos; a estas alturas el paciente ya no está despierto, sus pensamientos lo han abandonado, recostado, inmóvil, atiborrado de cables y aparatos que vigilan y registran sus latidos y últimos respiros. 

 
En estos momentos ya todos saben que la muerte está ahí presente, que ha hecho su nido en ese cubículo, que al volar, lo hará acompañada de un alma nueva. Pero la muerte en ocasiones muestra cortesía, y permite a los familiares despedirse. 

 
Hoy en día, los familiares de un paciente agónico entran a la habitación forrados con una bata desechable y cubrebocas; pero en estos momentos eso no importa, porque las manos permanecen libres y los ojos totalmente descubiertos. 

 
Eso es suficiente para que una madre pueda decir adiós a un hijo joven, a punto de morir. La forma en que mira a su hijo agónico es devastadora, la manera en que acaricia su pelo, su cara; lo acaricia como si fuera un niño, frota sus manos, intenta calentar sus pies “darles calor”, acaricia y acaricia el pelo del hijo que está a punto de morir. La mirada materna lo envuelve y prepara para la partida. 

Son unos ojos rodeados de humedad, es la mirada de la pérdida inevitable, de esa que cala profundo, tan hondo, que da para perdonar a todos. 

 
La madre solo quiere paz para despedir a su hijo, necesita tiempo y espacio para hacerlo, quiere llenarlo de amor y de calor, quiere que se lleve “su vida con él”. 

 
No me cabe la menor duda, esa madre pasaría una eternidad acariciando a su hijo, antes de que éste muera.

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