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Jueves , 20.09.2018 / 15:31 Hoy

Casos y causas

Rompamos estereotipos

Olga Sánchez Cordero

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Hace unos días leí la columna de mi querida amiga la doctora Leticia Bonifaz en El Universal, titulada “Matrimonio igualitario, ya no es pregunta”, y tiene razón, también para mí, ya no es pregunta. Basta ver las múltiples sentencias de la Suprema Corte de Justicia declarando la constitucionalidad del matrimonio igualitario, así como la inconstitucionalidad de algunos de los artículos de los códigos civiles de las entidades federativas, que aún consideran el matrimonio como la unión de un hombre y una mujer con la finalidad de procrear.

Sin embargo, algunos de los actores políticos, en estos tiempos electorales, lo han vuelto a poner a discusión.

Si respetáramos —y fuera una realidad— el mandato del artículo primero de la Constitución federal, en donde se establecen los principios (que a la vez son derechos fundamentales) a la igualdad y a la no discriminación, esta discusión no tendría por qué volverse a poner en la mesa de debate.

Limitar el matrimonio a la unión de un hombre y una mujer genera una violación al principio de igualdad; con esa limitación se da un trato diferenciado a parejas homoparentales respecto de las parejas heterosexuales y se les excluye de la posibilidad de contraer matrimonio.

Todo individuo tiene el derecho a ser quien quiera ser, tiene derecho a ser individualizado y respetado por la sociedad. La autodeterminación de las personas incide en el libre desarrollo de las mismas, e innegablemente, determina sus relaciones afectivas y/o sexuales.

En México debemos romper paradigmas. Debemos darnos la oportunidad de cambiar nuestros estereotipos —o de plano eliminarlos—, a veces tan cuadrados, porque éstos no nos permiten reconocer la grandeza del ser humano.

Los seres humanos somos sumamente complejos, y la preferencia sexual de cada individuo —como uno de los aspectos que la conforman— orienta también su proyección de vida, y el que cada uno desee o no, tener en común una vida con otra persona, ya sea de diferente o de su mismo sexo es un elemento relevante en esa proyección personal.

Todos tenemos la libertad de contraer matrimonio, o de no hacerlo; tenemos la libertad la de procrear hijos y decidir cuántos, o bien, decidir no tenerlos. Tenemos la libertad de escoger nuestra apariencia personal, tenemos nuestra libre concepción sexual.

Que sea lea claro: el derecho a decidir casarse o no es un derecho que tienen todas las personas, independientemente de su orientación sexual, es parte de su pleno desarrollo.

Las instituciones del Estado deben velar por la protección a la organización y desarrollo de la familia, ello implica un derecho fundamental para poder tener, y formar parte de una, independientemente —y recalco— independientemente de la forma en que ésta se componga. Un derecho humano tiene la cualidad de ser expansivo y progresivo, siendo incompatible su regresividad al desconocimiento de determinadas formas y estructuras familiares.

Las constituciones y cualquier legislación no deben proteger exclusivamente a la familia que surge o se constituye mediante el matrimonio, debido a que la protección a la familia debe ser general; así que lo que debiera entenderse protegido constitucionalmente es la familia como realidad social, y tal protección debe cubrir todas sus formas y manifestaciones en cuanto realidad existente, trátese de uniones de hecho, como familia tradicional, nuclear, monoparental, homoparental, o bien, por cualquier otra forma que denote un vínculo similar.

La institución del matrimonio se ha reconfigurado de forma neutra para que personas del mismo sexo que han decidido hacer vida en común y beneficiarse de prerrogativas legales puedan contraerlo sin ser discriminadas.

Porque el derecho, como instrumento social, carecería de sentido si no tuviera la capacidad de recrearse y ajustarse a una necesidad social que se presenta, pero que en muchas ocasiones se ignora. Este fenómeno nos ha llevado muchas veces a reconocer a unos y a segregar a otros.

Todos debemos convencernos y comprometernos con una extensa protección de los derechos humanos para todas las personas, nuestra sociedad cada día tendría que perfilarse más como una sociedad incluyente, tolerante, plural. Debemos consolidar el Estado constitucional, laico y social de derecho en el que se cumpla a cabalidad la libertad, la igualdad y la no discriminación de todas las personas.

P.D. Agradezco profundamente la gentileza de mi querido amigo Sergio Sarmiento por las inmerecidas palabras que tuvo hacia mi persona en su reciente columna “Igualdad ante la ley” del periódico Reforma. Yo también lo admiro, en las discrepancias y en las coincidencias.

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