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Jueves , 13.12.2018 / 05:18 Hoy

Fuera de Registro

Una argumentación que flaquea

Nicolás Alvarado

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¿Paradigma de convivencia en la diversidad? Mi sobrina y yo. No solo porque yo soy viejo y ella joven, ella guapa y yo feo, yo pesimista y ella… más (y ambos igual de tercos y discutidores) sino porque ella se asume oronda y articulada feminista —entendido el feminismo como una cosmovisión crecientemente compleja que incluye los asuntos de género pero no se limita a ellos— y yo exhibo reservas cada vez más acendradas respecto a esa postura ideológica (y, si me provocan, diré que con respecto a todas). Verbigracia mi reciente encuentro con ella y su madre para tomar un café.

A últimas fechas, y como suele pasar con las mujeres que están recién salidas de la adolescencia, mi sobrina, de 20 años exactos, había engordado un poquitín. No se piense que hubiera devenido obesa, o gorda o siquiera gordita, sino que exhibía las formas correspondientes a la silueta que los franceses suelen llamar potelée. He aquí, sin embargo, que tras unas semanas de no vernos, se apersonaba a la cita con una silueta francamente esbelta, propia no de quien se estuviera sometiendo a dietas matadoras sino de quien hubiera incorporado el ejercicio a su rutina cotidiana y hubiera mejorado unos hábitos alimentarios de por sí saludables. Tío orgulloso que soy, la felicité por su nueva apariencia espigada, y su madre se sumó a mis loas que, sin embargo, recibió primero con suspicacia y después con molestia, acusándonos a ambos de fatism, neologismo inglés que se emplea —o que emplean los feministas, diré— para referirse a la discriminación de que son —o somos, diré— objeto la personas que exhibimos —nótese que bien me guardé de escribir padecemos— sobrepeso. Su madre y yo replicamos lo que suelen decir los adultos biempensantes: que para nada había discriminación en nuestras palabras, que mantenerse delgado es asunto de salud, que estábamos meramente celebrando que su cuerpo fuera indicador de que hubiera adoptado un estilo de vida más sano. A lo que respondió con una larga perorata que no podría citar de memoria pero en la que estoy casi seguro figuraban las expresiones “actitud condescendiente” y “bullshit”. ¿Mi respuesta (y es por episodios como éste que tanto disfruto el sparring intelectual con ella)? Que tiene toda la boca llena no de Sabritones sino de razón.

Autosatisfecha con su triunfo, al día siguiente me enviaba la presunta prueba de su victoria argumental: un artículo del portal Everyday Feminism —disponible en http://everydayfeminism.com/2016/01/concern-trolling-is-bullshit/?utm_content=buffer052c4&utm_medium=social&utm_source=facebook.com&utm_campaign=buffer–, titulado 11 Reasons Your Phony ‘Concern’ for Fat People’s Health Has Got to Stop, que parte de la premisa de que la obesidad y el sobrepeso no serían verdaderos problemas de salud sino que, en realidad, apelar a ello para censurar a los gordos de este mundo equivaldría a hacerse de una coartada oportuna para seguir perpetuando la hegemonía cultural de la delgadez. Si bien no soy médico ni experto en salud pública, las cifras más bien exiguas que postula el artículo para apuntalar su argumentación me parecen sospechosas (dan la apariencia, de hecho, de coartadas oportunas para seguir perpetuando una postura ideológica disidente). Pero no necesito de cifras —si acaso de la anagnórisis derivada de nuestra reciente discusión— para comprender que, en términos culturales, mi sobrina y el texto tienen razón. No hay sino, en efecto, hipocresía en quien condena la gordura ajena envuelto en los paños del buen samaritano, pretextando preocupación por la salud. Entiendo bien que quien tiene un problema de obesidad se arriesga a padecimientos cardiacos y metabólicos pero dista mucho ése de ser el caso de mi sobrina otrora potelée o incluso el mío, con mi silueta promedio y mi panza de cuarentón también promedio. Admitámoslo: si censuramos a un gordo, lo hacemos por razones meramente estéticas, a partir de la sujeción a un canon de belleza imperante en el Occidente contemporáneo. Tal es la gruesa verdad.

Vale la pena preguntarse también qué es lo que está en el origen de tal postura ideológica, las más de las veces inconsciente. Nancy Etcoff, psiquiatra de la Universidad de Harvard, apunta, en un libro notable titulado La supervivencia de los más bellos, a dos hipótesis: el instinto reproductivo y la voluntad de diferenciación social, que habrían relegado la gordura a los márgenes. Las tomo, aunque no a pie juntillas, ya sólo porque creo que no hay mejor postura que la que se cuestiona a sí misma y está dispuesta a ver las fallas —o los prejuicios inconscientes— en la propia argumentación. Pudiéramos todos acogernos a tan inciertos preceptos para dirimir estas diferencias. O incluso otras, las que resultan de veras gordas.

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