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Miércoles , 26.09.2018 / 06:07 Hoy

Fuera de Registro

Un nuevo relato

Nicolás Alvarado

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Brasil —ha vuelto a quedarnos claro en las últimas semanas— es un país desmesurado. Desmesurada la corrupción en la esfera pública, como han demostrado los recientes escándalos de tráfico de influencias entre Petrobras y cuadros emanados del gobernante Partido del Trabajo. Desmesurado el descontento popular que ha llevado a millones a manifestarse contra el gobierno de Dilma Rousseff en particular y la clase política en general, mientras el país acusa una suerte de calma chicha: business as usual parecerían decir los comercios que funcionan como de costumbre, las oficinas en las que las labores siguen su curso habitual, el tránsito paulistano que desborda avenidas y viaductos como suele, lo que aparece, sin embargo, desmentido cada que me topo con un contingente de policías militares patrullando las calles, cada que leo un editorial pidiendo la renuncia de la presidenta.

Tal hubo de ser la tónica de mi visita a Sao Paulo la semana pasada, motivada por un empeño laboral (aunque no, debo aclarar, periodístico). Al disponer de una tarde libre el día de mi arribo, quise ir a conocer uno de los pocos museos importantes de la ciudad a los que no había acudido en mi anterior visita: el Museo de Arte de Sao Paulo (MASP), construido en 1968 a partir del proyecto de la arquitecta italobrasileña Lina Bo Bardi y reputado por una colección que abarca desde escultura antigua griega y china hasta pintura moderna de las más diversas latitudes, pero también por su edificio mismo, icono del modernismo brasileño e hito en la historia de la arquitectura brutalista. El museo se alza en la avenida Paulista, una de las más importantes de la ciudad y uno de sus muchos centros —otra vez la desmesura— financieros y culturales. Ahí fui a dar para toparme con una escena que no por políticamente previsible hubo de sorprenderme menos.

Casi frente al MASP se alza otro edificio emblemático de la avenida, que lo es ya solo por su estructura inesperadamente piramidal, concebida por el arquitecto Rino Levi a finales de los años setenta: es el que alberga la Federación de Industrias del Estado de Sao Paulo, organización que agrupa 133 cámaras industriales. Resulta que éste se ha volcado a manifestar el descontento de la clase empresarial con el gobierno, como evidencian los gigantescos patos inflables que pueblan su fachada, marcados con la leyenda "No vamos a pagar el pato", sentimiento que parece encontrar resonancia en una población que concentra sus protestas cotidianas en las inmediaciones y contribuye al ambiente carnavalesco con la venta —a solo 10 reales, unos 3 dólares— de efigies, también inflables, de Dilma y el ex presidente Lula, vestidos de presidiarios y rodeados de sacos de monedas, que los descontentos agitan a manera de pancartas durante las manifestaciones cotidianas en la Paulista. Justo ahora me toca una, tan copiosa como bien organizada: cada que un semáforo se pone en rojo, los peatones toman la calle, provistos de los muñecos infernales pero también de cornetas que hacen sonar, mientras los automovilistas tocan el claxon al ritmo de la consigna Fora Dilma. La policía militar se limita a vigilar que el orden se preserve. Todo resulta eminentemente civilizado —lo que se agradece en un país que ha vivido tantas dictaduras represoras a lo largo de su historia— pero se combina con la presencia de los tantos desamparados —los sim teito, que duermen a la intemperie, al pie de los grandes edificios— para acusar una preocupante inestabilidad política y social.

Contemplo durante una buena media hora el espectáculo callejero, a un tiempo estimulante y deprimente, antes de entrar al imponente museo, donde me aguarda una sorpresa: hasta 1996, la planta principal del MASP consistía de una sola, enorme, sala, que no solía ser subdividida por mamparas, como ocurre en la mayoría de los espacios expositivos, sino que se ofrecía como espacio abierto donde los cuadros eran adosados a caballetes de vidrio transparente pertrechados en cubos de mármol, de tal suerte a no imponer al visitante una visión curatorial sino a permitir su libre tránsito por la colección.

Tras dos décadas de subversión de la visión museológica original, el MASP acaba de restituirla, lo que me permite conocer el museo tal como lo concibiera Bo Bardi. No solo es hermosa la apariencia de esos cuadros —hay Boscos, Goyas, Rembrandts, Degas, Riveras— que parecen flotar en el aire sino refrescante la presencia de las cédulas no al pie sino al reverso de los caballetes trasparentes: la lectura de las obras no aparece, pues, condicionada por el conocimiento de su autor o de su época. La genialidad estriba, pues, en haber dado al espacio museístico un verdadero nuevo relato.

Sirva de inspiración al país todo, que tanto lo necesita hoy.

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