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Domingo , 16.12.2018 / 09:21 Hoy

Fuera de Registro

Un nada simple mortal

Nicolás Alvarado

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Desde que tengo memoria (no sólo de ellas sino de mí) nunca he soportado las películas del recién muerto Jerry Lewis. Lo cual no quiere decir que me desagrade toda película en cuyo elenco figure ese actor —me gustan, y de hecho mucho, It’s a Mad, Mad, Mad, Mad World de Stanley Kramer, The King of Comedy de Martin Scorsese y Arizona Dream de Emir Kusturica, todas las cuales lo presentan en papeles que van del coprotagónico al cameo— sino que me repelen aquellas que incorporan una voz autoral suya más o menos fuerte, y que van de las muchas que a la vez dirigiera y protagonizara a las que, pese a ser obra de otros directores, giran en torno a su personaje fílmico habitual y que incluyen toda su serie con Dean Martin y algunas comedias aisladas de su filmografía posterior como Cinderfella o incluso Boeing Boeing. Así, pasé años evitándolas con toda deliberación hasta que, hace algunos pocos años, tuve el encargo editorial de escribir un texto sobre uno de los arquitectos cuya obra me entusiasma más, que es Morris Lapidus.

Creador insignia del movimiento estético conocido como MiMo —apócope de Miami Modern—, racionalista fantasioso reivindicado por Tom Wolfe en su provocador ensayo sobre arquitectura From Bauhaus to Our House y autor de un puñado de edificios paradigmáticos entre los que se cuentan los hoteles DiLido (hoy Ritz-Carlton), Eden Roc y Deauville, los templos judíos Menorah y Judea, y el tramo peatonal de Lincoln Road en Miami, así como los hoteles Summit (hoy Doubletree) y Americana (hoy Sheraton Times Square) de Nueva York, Lapidus tiene, sin embargo, su obra cumbre en otro resort miamense: el Fontainebleau. Y he aquí que en 1960 —es decir en pleno esplendor original del hotel construido en 1954—, Lewis filmó una película —su primer gran éxito sin Martin y su primera como director— rodada por entero en ese hotel. Era, pues, tarea obligada para mí en esa oportunidad ver la cinta, tan sólo para apreciar los primeros fastos de un espacio que no me fue dado conocer en persona sino a fines de los años 70. Así, remonté mi aversión a su director y protagonista —a su autor por doble partida— y me entregué al visionado de The Bellboy.

Previsiblemente, el tono entre estridente y vacuo y la presencia misma de Lewis me resultaron en extremo irritantes, al punto de apartarme en varios momentos de las notas arquitectónicas que pretendía yo tomar. Sus contorsiones faciales, sus caminados deliberadamente grotescos, su frecuente recurso a la autohumillación gratuita, a punto estuvieron de sacarme de quicio y de hacerme abortar la misión. Sin embargo, terminado el trance, me quedé con la inesperada sensación de haber visto una obra notable. Racionalmente me dije que lo que admiraba yo era la osadía de filmar una película no narrativa en Hollywood, y más en el de aquella época —en efecto The Bellboy, suma de gags visuales, no trata prácticamente de nada— y más de hacerla prácticamente muda, como lo es. Insatisfecho con ese racional, me aduje también que probablemente lo que admiraba yo era el timing cómico de su creador —detrás de cámara como ante ella— como quien celebra la forma perfecta que encierra un fondo cuestionable. Ambas hipótesis me resultaron insuficientes pero no pude encontrar una tercera. Dejé el asunto estar.

Hasta que hace unas semanas, y por razones todas otras, cayó en mis manos A Splurch in the Kisser, estudio crítico del cine de Blake Edwards —director igualmente ducho para la comedia física como para la verbal, y éste sí uno de mis favoritos—, cuyo autor Sam Wasson apela a la teoría del antropólogo Ernest Becker sobre la negación de la muerte para explicar —¿susto mortal?— las mecánicas de la comedia:

Cuando se trata de Ernst Lubitsch o Woody Allen o de cualquiera de los grandes dialoguistas del cine, los… “valores intelectuales” y “elevados vuelos” se combinan para crear un mundo de fulgor verbal ininterrumpido… En términos beckerianos, son negadores de la muerte en su vertiente más sublime. Su comedia presenta una visión de la humanidad independiente de la naturaleza… El reverso de la moneda es la comedia física, predicamento universal con un mandatorio aterrador: los seres humanos somos carne y hueso, cagadores y cogedores humillados que, pese a lo que nos gustaría creer, somos existencialmente vulnerables al sartenazo, al ladrillazo o a la duela suelta que golpea a Oliver Hardy en el rostro. Resulta brutal, poco refinado, incluso (a veces) asqueroso, pero se trata de una descripción de la crisis corpórea de la humanidad tan precisa como las neurosis de Woody lo son de la intelectual.

Fue entonces que comprendí que Jerry Lewis no me disgusta sino que me aterra. Es por ello que, en su muerte, lo lloro (y me lloro en él).

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