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Lunes , 24.09.2018 / 22:46 Hoy

Fuera de Registro

Riesgo de contagio

Nicolás Alvarado

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Ha sido mi gran privilegio haberme dejado marcar por el pensamiento de Gilles Lipovetsky no sólo a través de la lectura de su obra sino de manera directa, en una sucesión de viajes suyos a México en que la relación entre entrevistador y entrevistado ha devenido amistad dialogante. Fue el Lipovetsky de los libros quien me reveló las claves del mundo finisecular en que hubo de transcurrir mi juventud: ése en que, ante el derrumbe de las utopías y la crisis de las instancias aglutinadoras de los grupos sociales –la Revolución, el Partido, la Iglesia–, asistíamos a una exacerbación del individualismo que daba lugar a nuevas formas de organización de una sociedad atomizada, en que esos individuos ya no encontraban más vehículo para agruparse que el reforzamiento especular de sus propias identidades hiperespecíficas devenidas causas (por fuerza parciales). Y fue ese mismo Lipovetsky leído el que me hizo comenzar a comprender el mundo posterior al 11-S, sociedad ya no posmoderna sino hipermoderna marcada por la paranoia y por tanto por la vigilancia continua, primer avatar pleno de esa pantalla total que pronosticara su maestro Jean Baudrillard.

La amistad, sin embargo, es feliz enemiga de la reverencia, que troca por la más igualitaria admiración. Así, ya cercanos y por tanto dialogantes, hace algunos años habría yo de confrontar a Gilles al calor de un trago a un fenómeno que parecía escapar a la lógica del modelo de democracia liberal que postulaba él como hegemónico para el Occidente contemporáneo: un Hugo Chávez que, a diferencia de Fidel Castro, no constituía en los hechos una reliquia de la modernidad sino que concebía un modelo claramente moderno en plena posmodernidad: un proyecto de nación nacionalista, populista, autoritario, proteccionista, marcado por la lucha de clases. Mi provocación lo hizo pensar pero terminó por desestimarla: se trataba, me dijo, de una anomalía, una pequeña desviación del modelo, un resabio sin importancia. Y así lo habría querido yo pero me temo que no puedo seguir pensándolo así. No después del advenimiento de Evo Morales pero menos aún después del Brexit, de la amenaza creciente que constituye Marine LePen y, claro, de la llegada a la Presidencia de los Estados Unidos de Donald Trump.

Cierto: en la lista figuran avatares políticos de izquierda y de derecha, jefes de Estado y (todavía) meros aspirantes a tal cargo, y hasta un fenómeno que se limita a un reencauzamiento de decisiones de política financiera y exterior (aun si hubo de costarle la chamba a David Cameron). Guardan, sin embargo, en común justo la idea de mundo que listara yo algunos renglones arriba: enarbolan la superioridad de una identidad nacional más o menos mítica (y preocupantemente genética), apelan a la irracionalidad en aras de la popularidad, sospechan de los mecanismos de control democrático y, primus inter pares, de las instituciones, cuestionan severamente el libre comercio de bienes y servicios si no al interior de los países sí cuando menos entre ellos, parten de la tensión entre los distintos segmentos socioeconómicos y culturales de la población para exacerbarlos. Sumados y simultáneos, no se antojan ya anomalía sino tendencia y, por tanto, crisis del modelo.

El triunfo de Trump lo confirma: el modelo de democracia liberal acusa cuando menos una severa fractura, que se evidencia en un descrédito del establishment –partidos y clase política, medios “tradicionales” de comunicación, instituciones, clase intelectual– traducido en repudio no sólo en las urnas sino, vociferante, en las redes sociales, herramienta más populista que democrática que, merced a la equiparación de todos los discursos –nadie necesita ya una tribuna para ser escuchado urbi et orbi; bástale “sumarse a la conversación” y hacer más ruido que los demás–, socava la idea de una elite basada no en el privilegio sino en los argumentos y la razón. Resultaría fácil desestimar a esas turbas poco educadas (en todos los sentidos del término), a menudo irracionales y con frecuencia violentas, si no fuera porque su mera existencia es en gran parte culpa de esa elite que les ha fallado fallándose a sí misma, que ha perpetuado sus privilegios y cultivado el solipsismo, que no se responsabiliza de las consecuencias del fracaso de una generación de igualdad de oportunidades más cantada que real… y que tiene por consecuencia justamente la generación de mayorías que desprecian los valores asociados a la ciudadanía, a la democracia, a la razón, al Estado de derecho.

Téngase entonces la llegada de Trump a la Presidencia como una admonición, una primera advertencia. Para el Partido Demócrata, sin duda. Para el establishment republicano incluso. Pero también para nosotros. Para México.

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