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Fuera de Registro

¿Nuevo mundo bipolar?

Nicolás Alvarado

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La historia es que la Historia no llegó a su fin. Cayó el Muro. La democracia devino paradigma al parecer definitivo. Los valores liberales fueron entronizados, entre ellos los derechos humanos, la diversidad, la cooperación. La globalización fue asumida realidad inescapable y, con ella, el libre mercado. Las excepciones al modelo se antojaban solo eso: meras excepciones que con el tiempo cederían a la presión internacional, apenas confirmaciones de la regla. Hasta que no. Hasta que China mostró que ambos modelos pretéritos podían coexistir en una misma sociedad y erigirse en tercero, acaso distópico pero presuntamente legitimado por el poderío político y económico. Hasta que Rusia, en su transformación, comenzó a dibujarse ya no dictatorial pero ciertamente autoritaria, ahora lastrada por un modelo oligarquizante. Hasta que Venezuela se erigió en paradigma alterno desde la izquierda —¿todavía otra excepción?— y Bolivia siguió su ejemplo. Hasta que las tensiones en Medio Oriente, lejos de amainar, crecieron con la radicalización de las posturas. Hasta que esa radicalización sembró el miedo en Occidente, y el miedo dio origen a posturas igual de radicales, aunque de otro signo. Hasta que ese miedo —a la luz de la incapacidad percibida del establishment político para lidiar con él— triunfó en el país que se decía garante de la democracia, y el talante de su gobierno se alejó del paradigma nuevo, que ya no podía ser tenido por definitivo. Hasta que el populismo, uva de la ira, comenzó a ser cultivado en otros terrenos igualmente fértiles, en cepas tan variopintas como amargas.

¿El fin justifica los medios? Digamos más bien que los medios perdieron su fin. En una trinchera virtual es librada hoy una revolución con efectos benéficos como adversos —como toda revolución— que amenaza no solo los canales de comunicación que asumíamos permanentes sino muchas de nuestras certezas. Efecto benéfico: una capacidad creciente para comunicarnos y agruparnos sin pasar por terceros, para construir redes de cooperación y solidaridad, incluso para emanciparnos. Efectos adversos: la ausencia de criterios para separar lo que construye de lo que destruye o meramente distrae amenazan con causar baja el diálogo razonado, la opinión calificada, la crítica en tanto producto del conocimiento—, la deslegitimación de la inteligencia, la puesta en crisis de las elites, el poderío renovado de la turba. Parecen desaparecer también formas, instrumentos y productos que marcaron nuestra época —la televisión entendida como algo que condiciona nuestro consumo de entretenimiento e información a un horario; las publicaciones periódicas impresas; el teléfono como tecnología que vincula no a una persona sino a un espacio; el dinero como realidad tangible—, lo que asaz resulte unívocamente benéfico (o cuando menos innegable) pero repercute en una crisis que no por temporal se antoja menos definitoria, no por aguda menos honda.

Ha cambiado el clima, en términos literales como metafóricos. En los primeros, asistimos a una admonición que empieza ya a revestir los aparejos de una amenaza, que obliga a un replanteamiento de las políticas y las prácticas para garantizar que, en unas décadas, la vida en la Tierra pueda seguir siquiera tan mal como está. Y ha cambiado el clima cultural y social a partir de la redefinición íntima de quienes somos, de una problematización acaso feliz pero no menos desconcertante de nuestra identidad, expresada en las múltiples y fértiles e inestables posibilidades que van sumando y contrastando las nociones de género y generación, de adscripción política e ideológica, de pertenencia nacional y cultural, que van redefiniéndose a la luz de cada acto en el que incurrimos y cada palabra que pronunciamos.

“Es el mejor de los tiempos y es el peor de los tiempos, la edad de la sabiduría y también de la locura, la época de las creencias y de la incredulidad”, diría Dickens, si viviera (y ahí se detendría para no pasarse de los 140 caracteres). Es éste un mundo bipolar en el que los dos polos se encuentran ya no en Washington y en Moscú sino dentro de nosotros, en la exultación y el desánimo que nos habitan de manera alternada.

Ante este panorama, la UNAM y la UDG han sumado fuerzas para organizar esta semana un coloquio titulado Los acosos a la civilización. De muro a muro (cuya programación está disponible en www.losacososalacivilizacion.mx). En las sesiones a celebrarse de sábado a lunes en FIL Guadalajara —de cuya organización ha sido mi privilegio formar parte—, participarán algunas de las mejores mentes del mundo, entre ellas el historiador Gary Gerstle, los filósofos Gilles Lipovetsky y Rob Riemen y el escritor Irvine Welsh. Pueda su concurso ayudarnos a entender, a entendernos.

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