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Domingo , 21.10.2018 / 15:02 Hoy

Fuera de Registro

Nostalgia del fetiche

Nicolás Alvarado

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Por razones que espero a estas alturas conozca ya la mayoría de los lectores —de no ser así, no estaría haciendo bien mi trabajo— en los últimos seis meses y días me he arrojado de lleno a vivir en el mundo posterior a la revolución digital. Sigo sin contar con cuentas de redes sociales personales —quizás el único vestigio de espíritu moderno que me quede sea pensar que el diálogo es cosa que se da uno a uno, y que ideas y emociones deben observar un proceso de reflexión y asimilación antes de ser expuestas urbi et orbi— pero lo cierto es que, pese a ello, he aprendido mucho del funcionamiento de Facebook y de Twitter, de YouTube y de Instagram, de Soundcloud y de Spotify, de los lenguajes y formatos que deben adoptar los contenidos creados para el mundo digital, de los patrones de consumo cultural de las generaciones que han llegado a este mundo después de la mía y de las formas de distribución de los contenidos tras una revolución cultural —la digital— que no se antoja menos trascendente (ni menos violenta) que la industrial. He aprendido a vivir en un entorno en que todo mundo quiere todo —libros, artículos, programas, piezas musicales o fotografías— y lo quiere en el momento mismo, en que nos arrogamos el derecho de estar informados de las noticias en el instante en que se producen, en que los derechos de autor se antojan cada vez más cosa del pasado y, sin embargo, parece más posible que nunca vivir del trabajo creativo.

En complicidad con un equipo más joven que yo —muchos incluso en términos cronológicos— he aprendido a comunicar otras cosas de otras formas, a asumirme residente de un mundo regido por la inmediatez y la simultaneidad. Diré que, pese a los prejuicios que por fuerza he debido desechar en el camino, no es un mal mundo. Resulta no sólo útil sino estimulante la mucha mayor facilidad para acceder en todo momento y lugar a ese libro que llevaba uno décadas buscando —tras años de recorrer librerías de viejo en vano, un par de clics habrían de bastarme para tener en mis manos una vieja edición digitalizada del Profesor Basura de Heinrich Mann, publicación que desde mi juventud se obstinaba en eludirme—, a esos videos que ejemplifican de primera mano los intentos que a lo largo de la historia de lo audiovisual se han hecho por romper la pantalla —motivado por un artículo que debo escribir, pude encontrar en YouTube desde un ejemplo de la proyección con tres pantallas en sincronía concebida por Abel Gance para su Napoleón, hasta muestras de la tecnología Science on a Sphere que hace literal la idea baudrillardiana de la pantalla global, pasando por una reconstrucción de la experiencia del Cinerama. Confieso que me he acostumbrado ya, no sin culpa, a escuchar tantas veces como quiero a través de Spotify cualquier pieza musical no bien la descubro, y que en los últimos días se me ha hecho vicio escuchar en la regadera ya no la radio o la música albergada en mi iPod —esa reliquia del temprano siglo XXI— sino el contenido de audio contenido no sólo en la cuenta de Soundcloud de la que soy responsable sino en tantas otras más.

Al mismo tiempo me invade una cierta melancolía. Por esas ediciones de La Pléiade que tanto tardé en acumular —sin lograr jamás acercarme siquiera a tenerlas todas— y que hoy parecen servir más de decoración en mi librero que de material de trabajo. Por esas películas que consumo crecientemente a través de Netflix o de iTunes en vez de integrarlas en un formato físico a los anaqueles de mi videoteca. Por los discos que cada vez compro menos, las revistas que ya no hojeo en Sanborn's y que ya no llegan a mi casa a vuelta de correo, los libros cuyos fragmentos subrayo ahora deslizando un dedo sobre una pantalla y no un marcatextos —espléndido sacrilegio— sobre una página de papel.

El aprecio por el objeto físico ha sido acaso la principal víctima de la revolución digital. Entiendo bien que mucho de bueno hay en ello. Que el contenido digital genera menos basura y por tanto contamina menos, que ahorra a los productores fortunas en devoluciones y a los distribuidores otro tanto en costos de almacenamiento, que merced a una lógica algorítmica otorga mayores oportunidades a una mayor diversidad de productos en el mercado, que contribuye a la diversificación de la oferta cultural y por tanto a la democratización del conocimiento. Sin embargo, extraño la corporeidad de los objetos, la sensación derivada de pasear la palma de la mano por un producto cultural largamente acariciado sólo en la imaginación, el sentido de posesión que ya cada vez me permite menos pensar que existe una ruta para aprehender un pedazo de mundo y compartirlo con los demás.

Del fetiche me queda la nostalgia (otro de esos intangibles que ahora están tan de moda).

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