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Miércoles , 19.09.2018 / 02:42 Hoy

Fuera de Registro

Nada es gratis

Nicolás Alvarado

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Al fin lo hice. No que sea mi mejor momento financiero —en México, la cuesta de enero es cosa que termina en abril—, pero concluí que 620 pesos es precio menor a pagar por la congruencia. Así, autoricé el cargo por 25 libras esterlinas a mi tarjeta, lo que hace de mí un contribuyente al periódico británico The Guardian y me confiere autoridad moral —al menos ante mis ojos— para abrevar de notas publicadas en su sitio web a fin de argumentar que, en la red como en la vida, nada es gratis.

Fue, en efecto, en su edición electrónica —que llevo ya meses de consultar sin atender al mensaje que me solicita contribuir a su financiamiento— que me enteré de la venta de datos de usuarios de Facebook a la empresa Cambridge Analytica para el desarrollo de la estrategia electoral de Donald Trump. El caso ha desatado un escándalo político, que se ha sumado a una larga lista de asuntos en todo el mundo relacionados con el uso de datos personales recabados en internet, y que ha redundado en la indignación pública ante los métodos de políticos y consultores, así como ante las prácticas de negocio de las empresas de redes sociales. Es justa, porque hay en el fenómeno mucho de alevosía y poco de rendición de cuentas. Queda, sin embargo, un culpable por identificar y al cual cuestionar: nosotros mismos.

Hubo un tiempo en que solíamos pagar por los contenidos que consumíamos y por nuestras formas de comunicarnos con otros. La revolución digital y sus productos dieron al traste con ese modelo y nos malacostumbraron a obtener algo a cambio de nada. El asunto es que así no funciona la economía: avezadas, las empresas de tecnología decidieron cobrarse a lo chino lo que no estamos dispuestos a pagar; si no con nuestra cartera, lo haremos con nuestros ojos y oídos, expuestos a publicidad indeseada, o con nuestros datos personales, mercancía preciada en un mundo gobernado por la mercadotecnia directa, comercial como política.

Somos rehenes de políticos utilitarios y empresas inmorales y opacas, pero también de nuestro propio talante abusivo y gandalla. Necesitamos, pues, de regulaciones digitales que nos protejan. Para empezar, de nosotros mismos.

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