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Lunes , 18.06.2018 / 16:35 Hoy

Fuera de Registro

Música para alebrijes

Nicolás Alvarado

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En Oaxaca, cada iglesia es más deslumbrante que la anterior (y Santo Domingo, claro, más que todas juntas). La que visito hoy, sin embargo, no es ni de lejos (menos aún de cerca) de las más vistosas: de sencillez casi espartana, el Templo de San José se antoja uno de los menos memorables de la ciudad. Ya lo habría olvidado, de hecho —y eso que lo conocí el jueves pasado—, de no ser por lo que pude vivir en él, experiencia que condena a hacérseme imborrables sus líneas sencillas, su casi total falta de ornamento, su retablo modesto, su relativa (aunque pulcra) decrepitud, marco apropiadamente discreto para un despliegue musical no sólo solvente sino excepcionalmente conmovedor.

Si estoy en Oaxaca ese jueves es para hacer una serie de reportajes sobre manifestaciones culturales, en cuya agenda la música ha de ocupar, por fuerza, un lugar preponderante. Podía de hecho anticiparlo incluso antes de mi arribo, ya sólo por tener amistad de larga data con Ignacio Toscano, cuyo admirable programa de educación e investigación musical Instrumenta Oaxaca me es bien conocido, aun si nunca he podido ser testigo de primera mano de sus muy estimables logros. (Invitado a presenciar sus actividades en repetidas ocasiones por un Nacho generoso y orondo, los vericuetos de mi ajetreada vida laboral nunca me han permitido atender a su convocatoria; lo que me han contado, lo que he leído y lo que he podido disfrutar en registros de video, sin embargo, me hacen tenerlo por justamente excepcional, no sólo por su capacidad transformadora de vidas sino por su feliz incidencia en el panorama cultural oaxaqueño.) Pero Instrumenta no es la única iniciativa de educación musical en la ciudad ni en el estado. Lo que me trae aquí, de hecho, es otra: vengo a escuchar el concierto de graduación de los alumnos del CIMO, siglas de Centro de Iniciación Musical de Oaxaca, institución que permite a niños y jóvenes oaxaqueños dotarse a un costo irrisoriamente bajo —600 pesos cuesta el semestre, según me dicen, aunque acaso un ajuste de colegiaturas haga elevarse la cifra a los mil pesotes en los próximos meses— de una educación musical de excelencia, que parte de la base de las músicas tradicionales oaxaqueñas —muchos de estos niños y jóvenes se han iniciado de manera empírica, tocando en las bandas de viento de sus comunidades— para formar ejecutantes de primerísimo nivel, igualmente dotados para el repertorio popular tradicional como para el clásico o incluso para el contemporáneo.

El concierto al que acudo hoy es uno de graduación, en el que cuatro instrumentistas —dos clarinetistas, un tubista y un trombonista— ofrecen al escrutinio público lo aprendido a lo largo de 12 años de estudios musicales. Acompañados al piano por Eliseo Martínez García, director de la Banda de Música del Estado de Oaxaca, atacan cada uno en su instrumento piezas que distan mucho de ser sencillas: un concierto de Carl Maria von Weber, otro de Edward Gregson, una sonata de Francis Poulenc, un concertino de Lars-Erik Larsson. Por turnos van apareciendo en el escenario los chicos —ninguno alcanza los 20 años—, la camisa planchada con primor —lo que contrastará con las rastas, transgresoras y entrañables en este contexto, con las que va peinado uno de ellos—, la ingenuidad legible en el rostro, asaz nerviosos por estarse estrenando como instrumentistas de música culta. La desnudez del entorno no sólo permite poner en valor la excepcionalidad del esfuerzo de los ejecutantes sino que al mismo tiempo hace eco de lo modesto de sus circunstancias de origen: alguno viene de una comunidad a siete horas de la ciudad de Oaxaca y se ha costeado la vida de estudiante de música trabajando como mesero, otro sueña con conquistar los escenarios sinfónicos del mundo, otro más querría regresar a su pueblo a encabezar la banda local —y, se desprende de ello, a educar a sus coterráneos— como corolario de sus años de aventura (de ventura) musical.

En algún momento, como me sucede a menudo en los conciertos, cierro los ojos sin percatarme de hacerlo, me abandono al rapto lírico de Weber, a los juegos trapaceros de Poulenc, al eclecticismo hipercomplejo de Larsson, a la cerebral melancolía de Gregson. Y olvido por completo dónde estoy. No importan ya las virtudes sociales del programa, ni las historias de esfuerzo de los alumnos y ni siquiera lo conmovedor de los relatos personales. Capaz de comunicar lo inefable —aunque solo cuando su ejecución es perfecta—, la música se ha apoderado de ellos y por tanto de mí, nos ha hecho más trascendentes que nosotros mismos, ha logrado que este momento, este lugar tiendan al infinito.

(Los insensibles se refieren a episodios como éste como “casos de éxito”).

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