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Martes , 23.10.2018 / 10:30 Hoy

Fuera de Registro

MI CaSa ES TU CaSa

Nicolás Alvarado

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Hace algunas semanas, en una de esas sesiones de psicoanálisis salvaje, improvisada a la luz de los acaso demasiados whiskys, un amigo resumió el relato de mi infancia —sembrada de propiedades en Polanco dos veces hipotecadas y de Diors rematados por una abuela que se sangraba las uñas mecanografiando los artículos que mi madre redactaba hasta que despuntaba el alba— con las palabras "opulenta miseria". La expresión se me quedó dando vueltas en la cabeza —raro es el moron que se resiste al oxímoron—, tanto que hubo de imponérseme este fin de semana en un contexto todo menos introspectivo, a la luz ya no de mi (tele)novela familiar sino de mi entusiasmo —refrendado ahora que estoy yendo por esos pagos una vez al mes— por el estado de Oaxaca.

Oaxaca es tierra de opulencia (el mole, el oro, los demasiados mezcales y cafés y chocolates y textiles y bandas de música que tocan lo mismo a Verdi que una chilena de la Costa Chica, y con idéntica solvencia) y de miseria (la económica, palpable no tanto en la capital como en comunidades de la Sierra a las que sólo es posible acceder por caminos de terracería; la moral, cifrada en el añejo y al parecer irresoluble problema educativo, expresado hacia fuera en el plantón casi permanente que lastra la vida del Zócalo de la ciudad, y hacia dentro —mucho más doloroso— con los tantos niños que cotidianamente se ven imposibilitados para ir a la escuela). Pero, como esa infancia de contrastes rememorada, me gusta, acaso porque lo que tiene de trágico en materia de educación, lo tiene de feliz en la esfera de la cultura. Dicho de otro modo, en Oaxaca pasan cosas, y muchas, y buenas.

San Agustín Etla no es ni de lejos el menos favorecido de los pueblos oaxaqueños que he visitado en mis andanzas recientes. Asentado a unos 45 minutos de Oaxaca capital, en la zona que algunos llaman "los Etlas" —por contener muchas comunidades que yuxtaponen ese nombre al de algún santo—, funciona casi como un suburbio. No parece una comunidad marginal pero tampoco particularmente próspera: alberga algunas casas lindas pero modestas, algunas modestas a secas, algunas si no descorazonadoras sí banales (y modestísimas). Pero también, al final de un largo callejón, ofrece al visitante un regalo inesperado: una construcción decimonónica monumental, pintada de ocre —no puedo evitar recordar el Schönbrunn vienés— que otrora fuera fábrica de textiles —la de Hilados y Tejidos La Soledad— pero que hoy es CaSa.

CaSa significa, stricto sensu, Centro de las Artes de San Agustín pero lo cierto es que su función trasciende el acrónimo, deviene primigenia. Pieza deslumbrante de arquitectura industrial europea enclavada —pienso ahora en Fitzcarraldo— en medio de la exuberancia vegetal, ha sido reconcebida por Francisco Toledo —es éste, en efecto, otro de los proyectos que encabeza— como hogar cultural en más de un sentido. En el literal, de entrada, con un programa de residencias artísticas. En casa, digamos, de moda, con una tienda de diseño que comercializa regalos manufacturados in situ y que me permite comprar a mi mujer unos aretes de oro en forma de pez concebidos por el propio Toledo, a mi madre una pulsera hecha en radiografía imaginada por el Doctor Lakra, y hacerme de unos calcetines ahí tejidos, con un estampado del mismo artista. Pero también en casa de cultura, donde transcurren talleres, conferencias, seminarios, exposiciones, al margen de los circuitos consagrados de la ciudad de Oaxaca, ofertados a quienes se aventuran por la carretera que separa a ésta de San Agustín pero también a la comunidad local (verbigracia, descubriré al retirarme, el camión de perifoneo que recorre las calles del pueblo con una grabación que clama no "Se compran colchones, tambores, refrigeradores..." como en mi barrio chilango, no peleas de gallos y presentaciones de cantantes gruperos como en otras poblaciones, sino la programación del centro cultural).

El día que visito CaSa se ofrece en uno de los salones un taller de Olegario Hernández, que aprendió a grabar jícaras para decorarlas en su natal Pinotepa de Don Luis, que después —y con no pocos trabajos— estudió arte en la Universidad de Guadalajara, que regresó a su pueblo para hacer de aquellas jícaras sus lienzos y que hoy es grabador cotizado que aplica las mismas técnicas a la litografía. En otro, se ultiman los detalles para la inauguración de una exposición con piezas inéditas de la artista Betsabeé Romero, quien encuentra en CaSa un marco tan digno para su nuevo proyecto como cualquiera que haya ocupado en México, Buenos Aires o Filadelfia.

Me gustó, pues, sentirme en CaSa. Pero me gusto más que tantos otros, asaz desamparados de la oferta cultural, puedan hacerla suya.

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