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Martes , 25.09.2018 / 01:21 Hoy

Fuera de Registro

Los pollitos dicen pío, pío, pío

Nicolás Alvarado

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Hace unos días recibí una llamada de una feria literaria de provincias, invitándome a recibir un reconocimiento “a mi trayectoria”. Lo cual no significa sino una cosa y una sola: que ya estoy viejo (y que así me veo).

Lo corroboré días después cuando, en otro encuentro de periodistas culturales —horror: terminé convertido en uno de esos señores barrigoncitos que van a “encuentros”, y no precisamente sexuales—, me tocó compartir mesa, entre otros, con un tocayo. El moderador anunció que abriría la ronda el más joven de los panelistas, profirió un “Adelante, Nicolás” y, sin mediar duda alguna, el micrófono se materializó frente y la atención del público se dirigió hacia el personaje que compartía mi nombre, en el indolente esplendor neuronal de sus 24 añitos.

Habló, predeciblemente, de redes sociales. Que es en donde está el futuro, broder, Porque tú podrás haber conocido a Josemilio, máster, pero tus treinta mil ejemplares valen madre frente a los cientos de miles de jits que hay todos los días en féisbuc y en tuiter. Ahí es dónde está el engueichment, bro, Y no es por ser jípster: es que así es. Hoy no se puede hacer periodismo cultural sin pasar por las redes sociales, güey. Que además tienen herramientas que te permiten expresar un chingo de cosas. A ver, ¡cuántas cosas puedes expresar con un laic en fesisbuc, broder! (Hasta donde me dan las entendederas, una sola: que algo propuesto por un tercero cuenta con mi venia pasiva, reactiva; pero seguro debo estar perdiéndome un mundo de posibilidades expresivas pendientes de un clic en el mouse; ustedes disculparán: la hiposinapsis rampante propia de mis 40 años no me permite identificarlas.)

Mientras iba yo escuchando este discurso, me sentía mutar lenta pero certeramente en Don Cucufato. (De todo, lo que más me hacía sentir como Don Cucufato era poseer el referente “Don Cucufato”; sólo Fernando Luján —por el solo hecho de haber sido Don Cucufato— tiene derecho a sentirse peor.) En mi perorata tácita, sin embargo, no espetaba yo “¡Vieja loca! ¡Yo a usté ni la conozco!” sino “¡Chamaco de porra! ¡Y a ti quién te dijo que sabes qué es el periodismo!”.

Lo aclaro una vez más: los proyectos en los que participo —programas televisivos, publicaciones, obras y festivales teatrales, ferias del libro— tienen todos cuenta en Twitter, yo no. Porque ellos son productos y yo no, o cuando menos sólo lo soy cuando la televisora me lo remunera y donde el periódico me lo paga. (El resto del tiempo soy un ciudadano, y uno púdico y modesto y mamón: no me interesa comunicarme salvo con unos pocos, no considero particularmente geniales las cosas que me pasan por la cabeza, tampoco me interesa demasiado lo que tienen que decir los demás, excepción hecha de un puñado de personas, para cuyo contacto no preciso de Facebook ni Twitter.) No se piense, sin embargo, que asumo que las redes sociales carecen de todo valor redentor. (O, en todo caso, lo pienso de Facebook pero no de Twitter.) Esos 140 caracteres se prestan bien al aforismo —como lo han mostrado escritores que van de Salman Rushdie a Jorge Volpi; y supongo que habrían hecho las delicias de Wilde y de Cioran—, acaso al microrrelato, pero no, me temo, al periodismo —como tampoco, por cierto, a la novela o al ensayo (y a la poesía y al teatro sólo si ha de quedar aislado cada verso o cada corto parlamento). Tienen, eso sí, otro uso: el mercadológico. Que no tiene nada de malo —todos vendemos siempre algo: yo, por ejemplo, en este momento (les) vendo una argumentación—, que puede servir incluso para vender un trabajo periodístico —tanto como unas ocho columnas que, de hecho, es lo que puede tuitearse— pero que no puede ser considerado, ni en el más extravagante de los casos, periodístico en sí mismo.

Durante su alocución, el joven tocayo también aprovechó para reprender dizque juguetonamente a un colega tan añoso como yo por no haber tuiteado ipso facto las coordenadas del evento que nos reunía. Cuando tocó mi turno a hablar —el último, como corresponde a mi provecta—, comencé por decirle que yo no podría satisfacer su demanda puesto que carezco de cuenta en Twitter, en Facebook o en cualquier otra red social. Y tuve la felicidad de explicárselo con dos argumentos: porque no me gusta significar las cosas en el momento mismo que las vivo (cosa que hace tiempo que sé) y porque seré el más pedorro de los luceritos del Canal de las Estrellas pero, a diferencia de los influencers de tiempo completo, un producto sí no soy.

(Como dice la gente de mi edad, cuánta cosa aprende uno al contacto con los jóvenes.)

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