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Martes , 25.09.2018 / 15:18 Hoy

Fuera de Registro

Lo que sobra es tiempo, lo que falta es vida

Nicolás Alvarado

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Eso decía mi abuelo. O, cuando menos, eso dicen que decía pero no me consta, dado que no nos conocimos. (Muerto un año y un mes antes de mi llegada al mundo, la vida no le dio para ello). (O mejor será decir que no nos dio: la suya terminó demasiado pronto —a sus 74— pero bien puede decirse también que la mía inicio demasiado tarde: todo es relativo, como no dicen que dijo Einstein –y es que, de haberlo hecho, habría incurrido en la misma paradoja epistemológica en que caigo yo ahora). Con lo que quería decir que el tiempo es un absoluto (mi abuelo, que fue guerrillero y millonario, aunque no necesariamente en ese orden, era un optimista) pero que la vida humana es finita. Pues bien, este fin de semana he visto una película que refuta el apotegma del abuelo en la interpretación de marras —en su narrativa los personajes son mortales y el tiempo se detiene, ya no avanza— pero que lo verifica con un significado asaz más profundo, y más perturbador en su lectura alegórica.

Dos hermanos han cometido un delito —no sabemos cuál, y poco importa— pero uno de ellos ha logrado reunir el dinero necesario para emprender la graciosa huída. Pero he aquí que un detective (o el que creemos ser un detective) se ha infiltrado en su apartamento, y que pretende apresarlos. Sigue, como en tanto cine —de El general de Buster Keaton a la filmografía entera del Coyote y el Correcaminos—, una persecución, ésta por las escaleras de servicio del edificio, en la que uno de los hermanos resulta herido de bala. La narrativa de policías y ladrones, sin embargo, se congela al verse interrumpida la persecución por un súbito cambio de (i)lógica temporal, resultante de una detonación fuera de cuadro, de origen no aclarado: la escalera ha mutado en una suerte de constructo escheriano, en una banda de Moebius en que del primer piso bajan de nuevo escalones que conducen al noveno, y así ad infinitum. En otro lugar (pero, sobre todo, en un momento todo otro, como lo indica sutil pero certeramente el notable diseño de producción), una madre divorciada y su nuevo novio toman la carretera para llevar a los hijos de ésta a pasar las vacaciones con su padre. El camino se revela feliz (o casi: todo, he dicho, es relativo) hasta que la niña sufre un ataque de asma y un concurso de circunstancias fortuitas pero malhadadas la priva del inhalador que necesitaría para remontar el episodio; habría que desandar el camino para regresar a la ciudad por el medicamento... sólo que el proyecto se revela imposible: a la misma detonación misteriosa fuera de cámara, la carretera ha devenido también banda sin fin, eterno retorno filosófico por físico. Escaleras abajo (y arriba: es lo mismo), en un sentido de la carretera (y en el otro: sólo hay uno, y sólo un destino posible, fatal) desfilan las más variopintas referencias filosóficas, literarias, cinematográficas, televisivas. Los geeks identificarán la literatura de Philip K. Dick –a la que alude abiertamente la película–, los episodios de la mítica Dimensión desconocida y los de la mucho menos solvente –pero más cercana en el Zeitgeist– Lost. Pero quien busque encontrará la impronta de La invención de Morel de Bioy Casares (esa aspiración nunca alcanzada por Lost) y los cuentos de su compadre Borges, El proceso kafkiano (y su traducción fílmica wellesiana, y su posterior paráfrasis soderberghiana), el Zaratustra nietzscheano y, de manera acaso más directa, del cine todo de Terry Gilliam, de Time Bandits a El imaginario del Doctor Parnassus pasando por Brasil y 12 monos. Sorpresa: la cinta no sólo es extraordinaria sino que parece hecha con un presupuesto relativamente bajo –que no le resta un ápice de inventiva visual–, sin actores conocidos (a excepción de una Nailea Norvind soberbia como de costumbre) y es mexicana.

Se llama El incidente y su director es Isaac Ezban, quien hasta ahora se ha dedicado a la publicidad y el cortometraje, lo que no debe sorprender en un cineasta que no cumple todavía 30 años. Prueba de la irrelevancia de la cronología, sin embargo, es la extraordinaria madurez de su opera prima: no sólo en términos de economía y eficacia narrativas sino de planteamiento. Metáfora de lo falaz que resulta la noción del libre albedrío, El incidente atrapa a sus espectadores como a sus personajes: nos recuerda que somos prisioneros de nosotros mismos, que estamos condenados a repetirnos y que no hay Supermán (y menos Übermensch) que venga a rescatarnos de las garras de ese villano implacable que es nuestra propia inercia. Lo que sobra, entonces, es tiempo (infinito) y lo que falta es vida, condenados como estamos a que no pase nada.

(¿He dicho ya que llevo el mismo nombre de mi abuelo?)

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