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Viernes , 21.09.2018 / 07:21 Hoy

Las barbas a remojar

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Quien frecuente con cierta asiduidad esta columna habrá detectado que escribo con frecuencia sobre lo que acontece en Francia. Esto obedece a razones biográficas —tuve una educación francesa—, tecnológicas —llevo ya más de un año suscrito a La Matinale, aplicación del periódico Le Monde que hace todos los días una selección de las notas de dicho diario personalizada de acuerdo a mis intereses— y, más importante, culturales: cuna de los valores republicanos, baluarte de la democracia, Francia se antoja un buen laboratorio para pensar lo público —la política en el contexto de la cultura, precisaré—, como lo demostrara el proceso electoral que llevara a su Presidencia a Emmanuel Macron, acaso esperanza de los demócratas en el contexto internacional.

Verbigracia también la colaboración publicada ayer en Le Monde por dos integrantes del Alto Comité de las Conmemoraciones Nacionales francés —el historiador y hombre de Estado Jean-Noël Jeanneney y el también historiador y académico de la Sorbona Pascal Ory— en la que abordan el retiro, consecuencia de una polémica pública, del nombre de Charles Maurras del Libro de las conmemoraciones nacionales 2018 y justifican las razones que había tenido el comité del que forman parte para incluirlo en él.

Las credenciales democráticas de Jeanneney y Ory son sólidas: el primero, cercano al Partido Socialista, formó dos veces parte del gabinete de Miterrand; el segundo ha dedicado buena parte de su bibliografía a hacer el estudio de la Francia ocupada por los nazis y a estudiar el fenómeno del colaboracionismo. Maurras es uno de los personajes más oscuros de la historia de Francia: monárquico y antiparlamentario, fundador de Action Française y por tanto padre de la extrema derecha de su país, sostén intelectual del régimen colaboracionista de Vichy y partidario de un antisemtismo de Estado, fue —y no sin absoluta razón— objeto de cadena perpetua y de degradación nacional —proceso creado en Francia para lidiar con los criminales de la Segunda Guerra Mundial— ya desde 1945. Se entiende entonces que la observación de su aniversario mueva a enojo, sobre todo en un país en el que late todavía la amenaza intolerante encarnada por el Frente Nacional de la familia LePen.

Jeanneney y Ory argumentan, sin embargo, que el listado es de conmemoraciones y no de celebraciones —lo que apelaría a recordar y no a festinar— pero, sobre todo, que es responsabilidad del Estado no solo “festejar el recuerdo de los momentos luminosos, a la altura y con el brillo que merecen, por lo que fueron y por la inspiración que pueden alimentar en el porvenir” sino también “arrojar alguna luz sobre los periodos más sombríos”, lo que daría “la oportunidad de una reflexión renovada sobre las relaciones que una nación democrática puede cultivar con lo que fue —y con lo que es menester admitir— por el bien de lo que será, y de lo que hay que construir”.

Encomiables propósitos con los que, sin embargo, disiento, ya solo porque lo que ha detonado el episodio Maurras, más que debate de ideas y de concepciones de la historia, son enfrentamientos viscerales entren indignados pugnaces y chiflados racistas, que poco contribuyen —como poco contribuye Twitter, bien definido por el escritor español Jorge Carrión en un texto reciente como “lo más parecido que existe hoy en día a las grandes plazas de las ciudades europeas de los siglos más oscuros […] donde eran asesinados por igual los culpables de delitos de sangre que los de pensamiento”— a la construcción de sociedades democráticas.

Una democracia debe, por supuesto, pensar su pasado, y ello supone por fuerza ocuparse de lo peor de él. Ha de pensarlo, sin embargo, donde se piensa, que no es en la plaza sino en la escuela y en la biblioteca. Celebro la erradicación de Maurras de las conmemoraciones nacionales francesas tanto como condeno que, en ese mismo país, la editorial Gallimard haya cedido a la presión pública —y sobre todo tuitera— para abortar su proyecto de reedición de los panfletos antisemitas de Louis-Ferndinand Céline, que pretendía acompañar de un sólido aparato crítico y contextual, lo que hubiera resultado invaluable para académicos, estudiantes y ciudadanos de a pie dispuestos al estudio y la reflexión, que hoy se ven obligados a consultarlos en internet, ayunos de esos recursos.

Valga la oportunidad para hacer una admonición contra los puristas que, allí como aquí, pretenden asfixiar la libertad no solo de expresión sino de reflexión en aras de una adscripción automatizante y empobrecedora. Valga también para poner en tela de juicio la idea misma, allí como aquí, de las conmemoraciones nacionales, por definición reduccionista y marmórea. Valga, pues, para poner las propias barbas a remojar.

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