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Viernes , 20.07.2018 / 09:51 Hoy

Fuera de Registro

La última moda

Nicolás Alvarado

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De acuerdo a la clasificación tradicional —heredera de la antigüedad griega, después de la estética hegeliana y más tarde de la revisión de ésta postulada a principios del siglo XX por Riciotto Canudo, teórico temprano del cine—, las artes serían siete: cinco antiguas —la arquitectura, la escultura, la pintura, la música y la poesía—, una reconocida tardíamente —la danza— y una rabiosamente moderna, que sintetizaría todas las anteriores —el cine, cuyo advenimiento motivaría justo la reclasificación propuesta por Canudo. Que tal taxonomía es hoy obsoleta es cosa que queda clara, cuando el arsenal de las artes visuales trasciende ya la escultura y la pintura como soportes, cuando el arte sonoro puede o no ser musical, cuando el lance conceptual y las nuevas tecnologías nos han heredado no sólo nuevas herramientas para hacer arte sino sobre todo nuevos discursos. Pero lo cierto es que el prontuario de las artes fallaba ya desde antes: no incluye el teatro —que, si atendemos a Wagner, constituiría la primera forma de arte total— e incluye, sin problematizar la presencia de ésta, la arquitectura, que puede o no ser un arte dependiendo de lo que por arte entendamos.

A diferencia de sus seis hermanas, la arquitectura tiene utilidad práctica: un edificio conmueve o perturba, puede ser bello o terrible, pero antes aún tendrá una función, o hasta varias: protegernos de los elementos, servir de repositorio para otros bienes materiales, constituir un espacio para habitar. Si nos ponemos marxistas por un momento —y a veces, mal nos pese, hay que hacerlo—, veremos que las otras seis formas de arte tienen valor de cambio —son susceptibles de ser comercializadas en el mercado— pero carecen de valor de uso pues no satisfacen propiamente una necesidad. La arquitectura es la excepción, lo que acaso la haga más que un arte —además de ofrecer una experiencia trascendental, sirve— o menos que un arte —los alcances emocionales e intelectuales de su discurso están determinados y por tanto limitados por su función— pero en todo caso no un arte como todas las demás.

Los museos, las galerías, los críticos, los curadores —las instancias de legitimación del arte, pues— han tendido a considerar la arquitectura como un arte: le dedican exhibiciones y monografías, escritos teóricos y críticos. A lo que digo, muy bien, pero ¿por qué entonces no constituirían artes al mismo título las distintas expresiones del diseño que, del mismo modo que la arquitectura, conjugan afán estético y hasta filosófico con funcionalidad? Si un edificio es una obra de arte, ¿por qué no habrá de serlo una mesa, una máquina, un cartel? ¿Y por qué no un vestido?

De todos los candidatos más o menos rechazados al estatuto de artes, ninguno ha tenido tantos problemas para abrirse paso en los espacios de éstas como el diseño de moda. Al igual que la arquitectura, hay en él creatividad, belleza (o rechazo de ésta), transgresión del discurso imperante, sacudimiento de las ideas, capacidad para conmover o perturbar, y su carácter funcional no es demasiado distinto del de las obras de aquella: a fin de cuentas, uno habita una prenda como habita una construcción. Y, si bien las creaciones vestimentarias aparecen fuertemente sujetas a las veleidades de la moda, ¿no lo están también no sólo los edificios sino los soportes para las artes visuales, las técnicas literarias y los lenguajes cinematográficos y teatrales?

Lo absurdo de la exclusión del diseño de moda del espacio museográfico es cosa que comprendiera tempranamente el Metropolitan Museum of Art neoyorquino, al fundar en 1936 su Costume Institute, que ha dado el lugar que merecen en la historia del arte moderno a creadores como Balenciaga, Chanel, Saint-Laurent y Versace. En México, sin embargo, el reconocimiento del diseño vestimentario en tanto arte ha sido más lento: destacan los esfuerzos de los curadores Ana Elena Mallet —con la exposición Boutique, que en 2000 en el Carrillo Gil abrió las puertas de un museo mexicano a la moda por primera vez, y la que dedicara a Ramón Valdiosera en la Casa del Lago en 2009— y Rodrigo Flores —con la 200 años de moda que montara en ocasión de las celebraciones del bicentenario no en un museo sino en la casa matriz de El Palacio de Hierro— y muy poco más. Es por ello que se antoja digno de celebración que en este momento coexistan en sendos museos mexicanos —el Palacio de Cultura Banamex y el Museo de Arte Moderno— dos exposiciones dedicadas al vestido: la primera de moda e indumentaria mexicana de 1945 a 2015 (otro proyecto de Mallet), la segunda del español Cristóbal Balenciaga. Sirvan ambas para combatir el pensamiento único, para liberar nuestra concepción de las artes, sí, de las modas ideológicas de la modernidad.

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