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Domingo , 24.06.2018 / 17:49 Hoy

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La cultura más allá del adorno

Nicolás Alvarado

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Pregunta pertinente en tiempos de definir un proyecto de país: ¿por qué debería el Estado impulsar la cultura? No, como han pretendido históricamente la mayoría de las políticas mexicanas en la materia, para preservar nuestro patrimonio y nuestras tradiciones, porque la cultura refleje lo mejor de nosotros, porque las artes sean bellas o leer sea bueno. Eso es cierto; el problema es que tales argumentos dibujan la cultura como asunto no estratégico y no urgente, como bien suntuario y prescindible cuando tantos y tan urgentes problemas hay que atender. Como adorno, pues.

Mejor concebir la cultura como factor de desarrollo social, por su capacidad de construcción de ciudadanía. Un ciudadano es miembro de un Estado y, por tanto, parte de una comunidad. A fin de ejercer esa (cor)responsabilidad, debe ser libre, es decir ejercer el pensamiento crítico para relacionarse de manera dinámica con su entorno: ser capaz de disentir pero también de estar de acuerdo, a partir de un sistema propio de valores. La educación soporta, claro, el andamiaje intelectual del ciudadano. Sin embargo, igual o más importante será su exposición a los productos culturales, que problematizan y sensibilizan: si discursivos —la literatura, la historia, las artes escénicas y visuales, el cine— lo llevan a confrontar ideas propias con ajenas para producir ideas nuevas que entrarán en diálogo con lo que acontece en el entorno; si abstractos —la música, la arquitectura, el diseño— tienen la capacidad de conmover (lo cual no significa solo abandonarse a la belleza, sino abrirse a ser perturbado o descentrado), lo que lo lleva a analizar lo experimentado de manera sensible, sirviendo otra vez como acicate a la inteligencia.

Una política cultural concebida como proyecto integral y estratégico pasará, por fuerza, por concebir la cultura como factor de desarrollo social, pero también económico. Lo que me llevará, en una siguiente entrega, a refutar no solo la teoría que llamo “la del adorno”, sino también, me temo, la de Adorno.

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