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Viernes , 20.07.2018 / 21:26 Hoy

Fuera de Registro

Ira nomás

Nicolás Alvarado

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El domingo quedó demostrado una vez más: el discurso con el que Donald Trump está por fortuna cada vez más lejos de hacerse con la presidencia de los Estados Unidos es el de la ira. No sólo la que, como evidencia su lenguaje corporal –todo bufidos y resoplidos, todo ojos entornados al cielo y sonrisas socarronas, todo hostigamiento psicológico por medios físicos a una oponente a la que más pareciera cercar como una presa–, le produce en términos personalísimos esa Hillary Clinton a la que dice querer ver refundida en la cárcel a saber por qué, sino la que detecta en el ambiente. La que lleva a buena parte de los habitantes de Estados Unidos –el 35 por ciento, según la encuesta publicada este fin de semana por NBC News y el Wall Street Journal, lo que no es suficiente para ganar la elección pero sí para preocuparse por el estado de polarización política que vive Estados Unidos– a apostar por posiciones expresadas en términos marcadamente racistas que propugnan por la deportación sumaria de migrantes ilegales, que buscan orillar al gobierno mexicano a sufragar los costos de un famoso muro ¿de contención? con tristes resonancias berlinesas, que caracterizan a nuestro país como uno de criminales, narcotraficantes y violadores, que pretenden prohibir el ingreso a Estados Unidos de personas tenidas por indeseables a priori, ya sólo en virtud de su religión o de su nacionalidad. Y si bien su actuación en campaña ha limitado la violencia a lo verbal, cierto es que ese mismo discurso ha incitado a sus partisanos a la ira, con declaraciones como ésa en que afirmara que un manifestante en su contra “quizás debiera haber sido golpeado” o esa otra en que, con ánimo dizque juguetón, exhortara a sus fieles a propinar una buena madriza a quienes protestaran en su contra, ofreciéndose a pagar los costos legales. “Extraño los viejos tiempos”, declararía en un acto de campaña en Las Vegas –por fortuna en estos,hipermediatizados, lo que sucede en Las Vegas no se queda ya en Las Vegas–, “en que ¿saben qué les pasaba a los tipos así [como los manifestantes en su contra] cuando estaban en un lugar como éste? ¡Los sacaban en camilla!”.

Por fortuna, lo que hay de democrático en las instituciones y la ley estadounidenses –que no es todo pero tampoco es poco– impide tales actos de barbarie, deja la violencia en pura palabrería. Las palabras, sin embargo, distan de ser inocuas: la violencia engendra violencia, la ira se multiplica en forma acaso exponencial. ¿Cómo explicar de otro modo los carteles enarbolados por manifestantes en actos de campaña del candidato republicano –he aquí una muestra sacada de una sola incidencia: “FuckTrump”, “Trump, eres hijo de puta”, “Coachella contra el puto Trump”– o las piñatas con su efigie decapitadas en ese mismo acto o quemadas en todo el territorio mexicano a lo largo de la pasada Semana Santa? Indicadores como estos refrendan lo peligrosa que resulta una figura como la de Trump no sólo por la violencia explícita de su discurso y del de quienes lo apoyan sino por las actitudes porriles que desata en sus opositores: no en una Hillary Clinton que, en los debates presidenciales y en su discurso, ha sido un modelo no sólo de civilidad democrática sino de elegancia, no en las voces que se han alzado en críticas y admoniciones contra el populismo intolerante y bravucón de su proyecto político, sino en la rienda suelta dada a la exacerbación de unos ánimos populares que, en su oposición a la intolerancia y la ira encarnadas por el aspirante presidencial estadounidense, resultan tanto o más violentos e iracundos.

Nos domina la violencia. A los republicanos pero también a esos demócratas –pocos pero conspicuos– que instan en las redes sociales al asesinato de Trump. A los estadounidenses desgarrados por un proceso electoral polarizante pero también a los mexicanos que no perdemos oportunidad de lanzar invectivas contra Trump, contra Peña Nieto, contra López Obrador, contra columnistas o políticos o medios de comunicación, contra otros internautas que ejercen una violencia verbal que preferimos escalar que acotar. Si las redes sociales, o los espacios destinados a los comentarios de los lectores en los medios de comunicación, aparecen plagados de ira es porque nuestra concepción de la democracia –y no hablo aquí sólo de la de Estados Unidos o de la de México sino de la de buena parte del mundo que vive bajo este régimen– no ha alcanzado para traducirse en una verdadera cultura ciudadana, porque, automáticamente empoderados como estamos por la homologación de todos los discursos que es resultado de la era digital, no nos asumimos corresponsables de un pacto social, exigimos a gritos y sombrerazos una civilidad que no estamos dispuestos a cultivar.

Ira nomás.

fmsolana@yahoo.com.mx

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