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Domingo , 23.09.2018 / 21:45 Hoy

Fuera de Registro

Grito escuchado

Nicolás Alvarado

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Ya desde que compro los boletos sé que el público que ha de asistir no ha de ser público “de teatro”, definición que en México exige de una precisión. En Londres o en Nueva York, el público de teatro es, tautológicamente, el que gusta de ir al teatro, a todo el teatro: al comercial, al público y al experimental, a ver puestas en escena que lindan con el performance y con el vodevil, a Sondheim y a Marlowe, a Peter Brook y a Goldoni, Anything Goes y Esperando a Godot, en el West End y en el Royal Court y en teatros improvisados en los altos de pubs suburbanos, en Broadway y off Broadway y off off. Ese público no existe en el DF. En nuestra ciudad, el público de teatro es el que va a los del Centro Cultural del Bosque y a los de la UNAM, a veces al Foro Shakespeare: es decir un público de montajes, digamos, cultos y, digamos, serios, que desconfía (no sin razón) de toda puesta que ostente como cabeza de cartel a algún actor que trabaje también en televisión. El público que llena los teatros comerciales será entonces público “de televisión”, en el sentido de que no tiene hábito de ir al teatro —ni demasiado interés en esa disciplina— pero acude gustoso a ver a una estrella de las telenovelas materializarse ante sus ojos. Hace apenas unos diez años que empieza a resquebrajarse el muro que separa ambos ámbitos, aunque muy poco a poco. Uno de los sitios donde sucede esto es el Teatro de los Insurgentes, sede de puestas en escena con aspiraciones masivas pero con cierto rigor artístico; otro es un teatro pequeño, el de la Sala Chopin, acaso en atención a su enclave en la colonia Condesa, donde mora —el cliché es bien conocido— un público con pretensiones intelectuales.

La apuesta de la Sala ha sido hasta ahora importar de otros países montajes razonablemente solventes y poblarlos con buenos actores, un par de los cuales gocen de cierta fama televisiva. El experimento ha rendido frutos: no nos hostiliza demasiado a los intelectualmente atildados vecinos de la colonia y logra atraer a la gran familia mexicana de clase media alta, que siente estar imbuyéndose de la esencia de la alta cultura sin demasiadísimo esfuerzo intelectual.

Sabía, pues, que el público sería mayoritariamente “de televisión” por presentarse la obra justo en la Sala Chopin, y por encabezar el elenco (de dos), Ludwika Paleta, belleza celebrada e icono no sólo de las telenovelas sino de las páginas de sociales. Tenía, sin embargo, ganas de asistir a una representación de Grito al cielo con todo mi corazón por tres razones: porque sabía ya que Paleta, pese a haberse formado en los culebrones, es una actriz más que respetable (hace una década me causó gratísima impresión en La prueba, complejo texto de David Auburn en el que encarnara a un personaje atrapado entre la locura y el mundo de la abstracción matemática) y sobre todo porque la dramaturgia era de Ximena Escalante y la dirección de Lorena Maza, que provienen de un teatro más osado, y cuyo trabajo he tenido el privilegio de observar a lo largo del tiempo. Me asaltaba, además, una pregunta: ¿aprovecharían Ximena y Lorena el cartel de Paleta y el posicionamiento de la Sala para atraer a un público lego a un montaje como los que suelen hacer; o más bien se esforzarían por bajar su nivel en aras de la permanencia en cartelera y la rentabilidad? La respuesta, por fortuna, hubo de ser la segunda.

Descrita por la prensa de espectáculos —qué remedio— como una obra sobre la reencarnación, Grito es cosa mucho más inteligente: un texto en el que dos actrices (una Paleta disciplinada y versátil, dueña de un extraordinario trabajo vocal, y una Daniela Schmidt de notable plasticidad corporal y perturbadora fuerza emocional) encarnan cada una a diez avatares arquetípicos de díadas relacionales eternas: suegra y nuera, esposa y amante, madre e hija, patrona y sirvienta, amigas de la infancia, pareja homosexual, abuela y nieta. Montado por Maza con elegancia espartana —el único elemento ajeno a las actrices que sirve para identificar a cada nuevo personaje son los zapatos que usa—, Grito asume una estructura casi sketchera para revelarse meditación sobre la alteridad no sólo femenina sino universal, a partir de una idea central compleja y hermosa: a nada echar la culpa al otro de nuestras miserias si éstas nos son consustanciales, lo que nos deja irremisiblemente solos pero también necesitados de tender la mano a ese otro, aun si la tentativa ha de ser siempre un fracaso, ya sólo por la belleza implícita en esa conexión fallida.

Representada a sala abarrotada, Grito alimenta la esperanza en la capacidad del teatro —por fuerza también fallida y también hermosa— para comunicar.

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