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Lunes , 20.08.2018 / 02:44 Hoy

Fuera de Registro

Esperando a Gigi

Nicolás Alvarado

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“¿Qué reglamento dice que el teatro solo existe en unos edificios horribles, apeñuscados en tres kilómetros cuadrados de la ciudad de Nueva York? ¿O de Londres, París o Viena? Escucha, niña. Y aprende. ¿Quieres saber qué es el Teatro? Un circo de pulgas. Y también la ópera. También los rodeos, los carnavales, los ballets, las danzas tribales indias, el guiñol y los hombres orquesta: todos son Teatro. Donde hay magia e ilusión y un público hay Teatro. El Pato Donald, Ibsen y El Llanero Solitario. Poodles Hanneford, Lunt y Fontanne, Betty Grable, Rex el Caballo Salvaje, y Eleonora Duse. No los comprendes todos, no te gustan todos y ¿por qué habría de ser de otro modo? El Teatro es para todos —lo que te incluye pero no de manera exclusiva— así que no apruebes o desapruebes. Puede que no sea tu Teatro. Pero es el Teatro de alguien en alguna parte”.

Muchos de los referentes, ya viejos en el 1950 en que fuera escrito el parlamento, se antojan hoy inescrutables. Pero basta con sustituir a Poodles Hanneford por el Cirque du Soleil, a Lunt y Fontanne por David Mamet y Lindsay Crouse, y a Betty Grable por Katy Perry (… y hasta ahí: los animales adiestrados ya no están en boga y la Duse, dicen las crónicas de la época, sería insustituible) para comprender lo vigente, lo eterno, de esas palabras, para saber que el espíritu del Teatro lo trasciende todo, incluso los gustos, las épocas, el tiempo y la cultura (no digamos los registros). Su autor es un hombre de Teatro, justo en el sentido en que lo postula su cita: llegado a los 19 años a estudiar dramaturgia en la Universidad de Berlín, Joseph Mankiewicz prefirió emplearse en los estudios UFA traduciendo intertítulos. Así habría de comenzar una fulgurante carrera como productor, director y guionista que habría de llevarlo a hacer posibles The Philadelphia Story y La mujer del año, La condesa descalza y De repente en el verano, Cleopatra y la All About Eve que da origen al parlamento, todas Teatro, aun si en su vertiente fílmica. All About Eve es, de hecho, la gran película sobre el Teatro (con minúscula ya solo porque es el que se ve en vivo en un escenario), y la parrafada la autodefensa de un director ante la insolencia de una novata pretenciosa que lo acusa de desertar del Teatro por aceptar una oferta para filmar en Hollywood. Hollywood, nos recuerda un Mankiewicz autorreferencial, también es Teatro.

La cita me vino a la memoria al enterarme hace unos días de la muerte de uno de los grandes nombres de la historia del Teatro, uno que no solo también hizo cine y televisión y ópera —todo mientras fundaba la Royal Shakespeare Company y dirigía el National Theatre británico de 1973 a 1988— sino que comprendió que, aun en las tablas, no había un Teatro sino muchos, y que todos eran dignos no solo de atención sino de montaje.

Director del Arts Theatre, una pequeña sala londinense independiente que le diera la oportunidad de montar a un abanico ecléctico de dramaturgos (Lorca, Goldoni, Gide, Ionesco, O’Neill), Peter Hall recibió un buen día de 1955 un sobre con el texto de una obra que se había estrenado ya en una salita parisina: Esperando a Godot, de Samuel Beckett, de quien apenas si había oído hablar. Si bien la consideraría “la inversión de una obra normal: por primera vez la falta de acción deviene la acción”, también encontraría en ella “una voz, un ritmo, una forma que era muy particular: lírica aunque coloquial, cómica aunque mística”. Enfrentados a la desolada y absurda espera —a saber de qué— de Vladimir y Estragón en un paraje yermo, sus actores llegarían a pensar “que les estaban viendo la cara: que Beckett estaba burlándose de nosotros, que la obra era un Traje Nuevo del Emperador”. Perseveró no porque pensara en su eventual éxito o aún en su eventual importancia sino solo porque experimentó “un fuerte deseo de cristalizarla en escena”.

Esperando a Godot hubo de valer a Peter Hall algunas semanas de escarnio público y, tras críticas laudatorias en el Sunday Times y en el Observer, encabezar una revolución escénica internacional de la que aún somos herederos. A partir de ella, un Tennesse Williams consagrado y un Harold Pinter incipiente le pedirían montar sus textos, el festival de Stratford lo invitaría a dirigir. Aceptó, como también aceptó la invitación a montar, en el muy comercial West End, Gigi, adaptación de la novela de Colette eficaz y entrañable aunque formalmente convencional, y a hacerlo con una estrella de Hollywood, Leslie Caron, a quien haría —primera osadía— su esposa durante una década y —osadía mayor— su Ondine en una versión experimental del texto de Giraudoux.

A lo largo de casi 60 años, Peter Hall montó a Anouilh y a Albee, a Wilde y a Wagner, a Esquilo y a Feydeau. Hizo Teatro. Más aún, lo entendió.

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