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En este pueblo no hay ciudadanos

Nicolás Alvarado

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En tiempos recentísimos ha vuelto a figurar de manera frecuente en el campo semántico de lo político la noción de “pueblo”. El pueblo manda. El pueblo pone y el pueblo quita. El gobierno es del pueblo y para el pueblo. El pueblo no ha de ser reprimido ni traicionado. El pueblo es bueno. El pueblo es sabio. Falta saber quiénes integran el pueblo. He ahí justo el origen de la suspicacia que me produce el término.

El pueblo es, por definición, un sujeto plural, y uno que no es posible entender como suma de individualidades sino como entelequia en la que se disuelven. Cuando el Líder alude al Pueblo y a su voluntad, no refiere matices ni diferencias de opinión, no refleja disensos ni discusiones internas, no admite la pluralidad de ideas y expresiones que harían compleja su dinámica (o dinámica su complejidad). No hay en el Pueblo suma de voces sino una sola, coral y sincrónica. No es posible, por tanto, que aniden en su seno el diálogo ni el debate pero sí, al abolir cada una de las voces individuales y sustituirlas por una sola que se pronuncia en un solo sentido, consenso legitimador de las acciones de un Líder que, en su presunta devoción unívoca al Pueblo, terminaría por erigirse, metonimia mediante, en su encarnación.

En tanto ciudadano –sujeto libre con derechos y obligaciones, corresponsable de lo que sucede en su entorno, escéptico ante todas las ideas (incluidas las propias) salvo la de la democracia como sistema de contrapesos en que ningún actor detenta la razón absoluta ya solo porque ésta no existe–, no puedo sino ver con reserva la noción de “pueblo”, con su carga de anonimato, de desresponsabilización, de enajenación de la ciudadanía.

Los ciudadanos no mandamos ni ponemos ni quitamos ni somos buenos ni somos sabios. Los ciudadanos asumimos la responsabilidad de lo que pensamos y, en democracia, lo expresamos y participamos. Y sabemos que nadie –ni siquiera nosotros mismos– tiene la razón.

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