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Miércoles , 16.01.2019 / 23:34 Hoy

Fuera de Registro

El muro que nos habita

Nicolás Alvarado

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No buscábamos respuestas. Porque las respuestas son cosas que toma tiempo, porque su construcción supone el concurso de muchos factores y porque resulta imposible siquiera buscarlas si antes no han sido formuladas (y bien formuladas) las preguntas. A lo largo de siete jornadas que duró el foro Los acosos de la civilización. De muro a moro, que inició sus trabajos en Ciudad Universitaria de la CDMX y los concluyó en el marco de FIL Guadalajara, más de 50 intelectuales, académicos y políticos de varios países, convocados por la UNAM y la Universidad de Guadalajara, se abocaron justo a eso, a través del análisis de diversos campos que han conocido un cambio de paradigma en los últimos meses o, a lo sumo, años: el clima y el medio ambiente, la democracia y los modelos políticos y económicos, las migraciones y las relaciones internacionales, los medios de comunicación y el periodismo, la cultura y las industrias creativas, la solidaridad y la cooperación, la revolución digital, la noción misma de ciudad. Fue mi privilegio participar, desde la UDG, en la organización de este coloquio, así como moderar dos de las mesas que tuvieron como sede FIL Guadalajara: las dedicadas a la solidaridad y la corresponsabilidad y a la inequidad y los populismos.

En ellas participaron el filósofo y sociólogo francés Gilles Lipovetsky, estudioso de las democracias liberales, el también filósofo y escritor holandés Rob Riemen, quien se ocupa de los valores contemporáneos, la política mexicana Eufrosina Cruz, primera mujer indígena en llegar al Congreso oaxaqueño, y el estadounidense Gary Gerstle, experto en la historia de su país. Riemen aludió a una pérdida de responsabilidad moral en las sociedades contemporáneas y señaló que el problema que vive hoy Occidente tiene menos que ver con el surgimiento de figuras como Donald Trump y más con los defectos intrínsecos de nuestra cultura, que las posibilitan. Lipovetsky propugnó por encontrar un correctivo a esos males y apuntó para ello a la educación y a lo político, capaces de transformar nuestros modos de producción y de consumo. Cruz, saludablemente ajena al discurso autovictimizante al que tendría derecho por su doble condición minoritaria, exhortó al renuevo de un diálogo de las instituciones con la ciudadanía a fin de hacer de la vida misma un imperativo que trascienda el interés propio. Y Gerstle llamó a una reconcepción del ideal socialista pero también de la democracia parlamentaria, tristemente extraviados.

No sólo pude aprender y entender mucho a partir de escucharlos sino que puede detectar un hilo conductor —en modo alguno planeado pero perfectamente identificable— en sus alocuciones: una pregunta por la naturaleza de la ciudadanía y las formas de apuntalarla, acaso de construirla ahí donde está ausente. Lipovetsky habló no sin razón de una solidaridad contemporánea “a la carta”, emocional y pasajera, ligada a momentos mediatizados. En las propuestas de Cruz y de Gerstle pareció vislumbrarse un camino para la atención de ese problema: una ciudadanía dinámica y permanente, construida a partir de un diálogo entre las instituciones y la población, de la participación activa de éstas en la creación, actualización y funcionamiento de aquellas, y de la atención de aquellas a las necesidades y problemas reales de los habitantes.

Ello pasa necesariamente por la constitución de una verdadera sociedad de ciudadanos, no sólo activamente interesados en la esfera pública sino conscientes de nuestra corresponsabilidad de lo que en ella acontece. Si los Trumps de este mundo —y los Maduros y las LePens y todos los personajes que, a diestra y siniestra, socavan el ideal democrático— son posibles es por obra y desgracia del miedo, heredero de una visión que busca soluciones afuera y no adentro, que asume que la solución a nuestras crisis reside en el advenimiento de una figura providencial a la cabeza del gobierno y no en la activa participación ciudadana que nos pone en control de nuestro propio destino. Alcanzarla supone un nuevo cambio de paradigma, al que ya apuntan Lipovetsky desde Grenoble y Cruz desde Oaxaca: el de la educación, que pasa no sólo por las escuelas y las universidades sino por las familias, los medios de comunicación y, sí, los políticos.

El próximo jueves a las 5 de la tarde, Héctor Aguilar Camín presentará ¿Y ahora qué? México ante 2018, libro coeditado por la UDG, Nexos y la editorial Penguin Random House que reúne más de 30 propuestas de intelectuales y académicos mexicanos que van justo en ese sentido. Bien pueda servir como prolongación de cara al próximo proceso electoral de lo dicho en nuestro coloquio. Bien pueda contribuir a derribar el amenazante muro que se yergue dentro de nosotros mismos.

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